MARIONETA
RAE:
1: Títere o muñeco movido por hilos u otro procedimiento.
2: Persona que se deja manejar.
3: Teatro representado por marionetas.
Guardo un gratísimo recuerdo de mi niñez cuando nuestros padres nos llevaban un domingo al “Guiñol”, o sea, un teatro de marionetas que se manejan introduciendo una mano en su interior. El teatrillo se representaba al aire libre en el parque del Buen Retiro de Madrid.
Me sobrecogía la disimulada aparición en el escenario (“retablo”), por un lateral, por el otro, de un personaje enemigo del que ocupaba el centro del escenario y que terminaba a estacazos por el garrote que sujetaba entre sus manos. Los acechos de un personaje a otro, sus súbitas apariciones y desapariciones por los laterales del escenario, arrancaban gritos nerviosos de sorpresa y aviso de los pequeños espectadores. Muy simple, una delicia que nos ponía los corazoncitos a cien. Como terminaba ganando “el bueno”, prorrumpíamos en aplausos entusiastas. No creo que hubiese cambio de guión apreciable entre los cuatro o cinco muñecos que actuaban en distintas sesiones. Pero no me importaba.
Tropecientos años después conocí y trabé una amistad profunda con Eduardo. Él fue mi guía en mis primeros pasos en la actividad editorial y un gran maestro de vida, más incluso por hechos que por sus muy sabios pensamientos. Su creencia le llevó años a las cárceles por comprometerse políticamente en tiempos duros. Fue pastor de vacas (cántabras, por supuesto), exiliado, electricista, presidiario, traductor, técnico editorial, …¡y músico!, su vocación real. Compuso y publicó más de cuarenta obras de música culta (también en eso prendió la mecha en mí). Carmen, su primera y adorada esposa, tenia una personalidad arrolladora, magnífica persona, excelente fotógrafa y leal hasta perder su salud. Su muerte casi arrastró a Eduardo a la tumba. Pero se le apareció el ángel de la vida, Dolça, y le salvó y le proporcionó una felicidad juvenil tremendamente longeva, hasta el final. Dolça, artista en toda pureza, actriz formidable, pintora, cautiva de la música y formidable compañera.
Eduardo y Dolça montaron en Torroella un Teatro Musical de Marionetas. Dolça diseñaba los muñecos, ambos escribían los guiones, Eduardo componía la música y las gentecillas y gentes de dentro y fuera de Torroella se deleitaron con sus formidables creaciones. Docenas de personajes, inventados o reinventados (¡ay, aquel exitoso Mozart!). Dolça y Eduardo me trasladaron mágicamente a mi antiguo mundo del Guiñol del Retiro.
Los escritos más antiguos sobre títeres son de Jenofonte (422 a.C.) y para estas marionetas han escrito, pintado o compuesto música españoles como Cervantes, Falla, García Lorca, Valle Inclán, Picasso, Rusiñol, …, Eduardo y Dolça. Fastuosas marionetas.
Hace bastantes años, me invitaron a presenciar una sesión del Congreso. ¡Ojalá no hubiera ido! De pronto se me desintegraron importantes sentimientos románticos. De entrada, el hemiciclo, salón en que se celebran las sesiones parlamentarias, me pareció mucho más pequeño de lo que tenía imaginado. Su posible encanto, eclipsado por el impacto que me causó su tamaño. Aún así, fue lo mejor de todo. Una cantidad enorme de sillones sin ocupar. De los ocupados, la mayor parte totalmente ajenos a lo que parlamentaba uno desde la tribuna, de torpe expresión, aunque leía. Quien presidía el bodrio, con el mismo tono funcionarial que impregnaba todo el ambiente (¡hasta el olor me pareció burocrático), anunció que se iba a proceder a votar (una letanía de titulación extensísima y barroca y confusa), al tiempo que oí sonar un timbre. Aluvión de gente emergió con presteza hacia sus asientos. Una disciplina de partido sacrosanta hacía que, en cada grupo político o “bancada”, se situase en primera fila uno que, ante cada votación levantaba un brazo extendiendo uno o dos dedos. El resto de sus conmilitones confluían en él su atención y mirada. Y a la voz de “procedan” pulsaban alguno de los botones dispuestos en sus pupitres. ¡Los representantes democráticos del “pueblo” no eran humanos, eran marionetas, eran títeres, muñecos inertes que sólo reaccionaban según les “tiraban del hilito”, pulsando un determinado botón! Me comentó mi anfitrión que, a veces, hay alguno que se equivoca de botón. Quizás los coordinadores o portavoces (los de la mano levantada) supieran algo de lo que iba la votación; los demás, yo creo que ni idea. El remate de semejante fiesta acabó con la lectura de los resultados por el que presidía aquello (¡la tercera autoridad del Estado!). A lo largo de los años he visto (sin querer) por la tele representaciones similares: ¡marionetas infames!
En el Gobierno, ¡idéntica sacrosanta disciplina de partido! Es indeseable y odioso que el jefe del gobierno manifieste pareceres contrapuestos con inusitada frecuencia. Un dirigente así no es posible que gobierne con la seriedad mínima que exige la confianza. Pero es un espectáculo esperpéntico que toda la banda de ministros realice con exactitud, ánimo y premura idénticos vaivenes del jefe. Creo que pertenecen a la banda más de veinte. Movimientos grupales tan sorprendentes me evocan los documentales en que un rebaño inmenso de ñus se va precipitando enloquecidamente al río infestado de hambrientos cocodrilos tras la última decisión adoptada por su jefe. Pero ¡quiá! esos animales están vivos y alguno opta por intentar la travesía con alguna variación. Los miembros de nuestro gobierno no son animales. ¡Son marionetas, títeres! Muy al contrario que el gratificante espectáculo de nuestros teatros de muñecos, esto es penoso de pena gorda.
CM
18-9-2026










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