DRY MARTINI CON MI HIJA
Con menos frecuencia de lo que yo desearía y más de lo que la razón y circunstancias indican, mi querida hija “me saca” a dar un paseo y me invita a un regocijo. De dónde saca el tiempo que no tiene es un misterio inexplicable. Puede que el motivo sea que me he portado bien o, más probablemente, que ella crea que no he sido tan malo. O, lo más seguro, que piense que hija y padre podemos pasar juntos un buen rato. Con toda honradez, lo pasamos pipa. Y yo se lo agradezco una enormidad porque para mí son muy extraordinarias las ocasiones de disfrutar a tope. De ella primero y, después, de los planes que con total acierto prepara, todos ellos entorno a la música que tanto nos satisface.
También son ocasiones raras para mí porque hace tiempo que salgo poco, como ocurre con el avance de la edad y las circunstancias que con tanta frecuencia lo acompañan.
Ingrediente de primer orden es la “charleta” que, además de lo principal, me da respuesta a algunas cuestiones que, siendo hoy corrientes, a mi me causan estupor. Una fue anteayer conocer por su boca la razón del decaimiento notable de las conversaciones telefónicas y su sustitución por grabaciones por WhatsApp que envían y reciben y que construyen una intercomunicación enormemente extraña para mí. “Es para ahorrar tiempo, evitando dilatar innecesariamente la comunicación. En las grabaciones te ciñes a lo necesario y te evitas enrollarte”.
¡Eureka, tiene una explicación lógica! Pude presenciar una comunicación de mi hija con otra persona por este sistema y sí me pareció claro que lo habían hecho con un evidente ahorro de tiempo comparado con una conversación telefónica. Ambos interlocutores fueron “al grano”, sin disquisiciones.
Recordé después que, en aquellos lejanos años en que yo me fumaba hasta el humo, siempre acudía animoso al estanco regentado por una encantadora abuelita y nos poníamos al día sobre las anginas superadas de su nieto, la mejoría de mi fascitis plantar y su infalible remedio casero para tratarla. Podíamos “perder” el tiempo sin malas consecuencias aparentes. Todos vivíamos, trabajábamos, con menos ansiedad permanente. Percibo hoy una tensión generalizada que hace años no notaba. Es posible que hoy haya que atender más asuntos que antes y que no se disponga de tiempo extra para charlar. Habría que meditarlo (si hay tiempo).
Me he vuelto a enrollar. El caso es que hicimos sin problemas el trayecto hasta el barrio de las letras. Mi hija detesta este Madrid de hoy, pero tiene lucidez y reflejos sobrados para sortear los constantes obstáculos de la saturada y frenética ciudad. Yo también, lo detesto, pero no lo tengo que sufrir. Me gusta mucho menos el ambiente general.
Mi hija había hecho un sobreesfuerzo milagroso, me recogió en casa a tiempo de disfrutar de un rato antes de entrar en la sala del concierto. ¡Una maravilla!
Frente a nuestro destino, una coctelería “con sabor” y una especie de porche con una mesa y un par de silloncitos libres antes de traspasar la puerta, que nos aisló del ruido-música del local.
Un cóctel sin alcohol ella, le gustó. Y yo, ¡un Dry Martini! Muchos años hacía del anterior. Recuerdos entrañables con mi adorada mujer y dos queridísimos amigos en el exquisito Puerta Oscura de Málaga. Formidable aquel trago. Aunque no tanto como el portentoso Dry Martini que nuestro amigo preparaba y paladeábamos en su casa frente al mar, que era simplemente sublime. ¡Cómo os echamos de menos!
El de anteayer, digno competidor de aquellos: seguramente un 6x1 (gin y vermut; un par de aceitunas atravesadas por un palillo). Vino un joven barman extranjero interesándose por la valoración de su trabajo. Simpático y muy satisfecho del resultado.
Cruzamos cogidos del brazo (dudaba ella del efecto en mí del gin) y emprendimos la subida de la generosa escalera del Ateneo. La sala, estupenda, llena (¡todo se llena!). Dos cómodas butacas en la segunda fila.
Cinco espléndidos músicos nos deleitaron con un bien escogido repertorio y mejor interpretación. Solazamos el espíritu que es seguro un formidable remedio.
De regreso, me agarró con mayor firmeza bajando la escalera larga. Atisbaba el peligro de mi torpeza.
Mi hija es guapa y atractiva incluso antes de hablar. Y después, resulta totalmente cautivadora. Yendo a su lado se percibe con claridad en el resto de la gente que nos cruzamos. Y en el dueño de la coctelería, y en el barman.
Para mí, adorable. Seguro que repetimos.
Muchas gracias.
CM
12-9-2026






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