LA GUERRA
De mar a mar entre los dos la guerra,
(Del Soneto a Guiomar - Antonio Machado)
Escribo hoy del enfrentamiento con violencia física entre dos o más grupos humanos o dos o más naciones.
Lo más frecuente es que se trate de un estadio final de un proceso de desencuentro irrespetuoso.
Habitualmente existe un importante ingrediente de intereses económicos contrapuestos o disputados.
El empleo de la fuerza para someter al contrario por razones ideológicas, territoriales o raciales no son tampoco extrañas.
Creo que siempre suponen el fracaso de la diplomacia y la razón.
También pienso que actualmente siempre ocurre que la decisión de hacer la guerra es de muy pocos, que quienes la hacen son otros muchos y que las consecuencias las padecen todos, menos unos pocos.
En el ser humano existen personalidades que favorecen más impulsar la guerra: narcisistas, soberbios, insensibles, psicópatas, autoritarios, agresivos y sádicos son perfiles característicos.
Quizás ya estemos hoy en la pura tecnología como valor atacante y defensivo. Máquinas y proyectiles muy sofisticados identifican e impactan en objetivos a enormes distancias (varios miles de kilómetros) y causan formidables estragos entre las víctimas que solo pueden ser defendidas por máquinas y contraproyectiles igualmente complejos.
De siempre (hasta hoy) el ser humano ha sido el protagonista y causante de las guerras. Puede que en un futuro no muy lejano sean las propias máquinas quienes tomen las decisiones conforme a iniciales instrucciones de humanos (narcisistas, psicópatas, …etcétera); y puede que, más tarde, las máquinas evolucionadas tomen sus propias decisiones.
Leí unas buenas novelas que se desarrollan en la guerra española de 1936 a 1939: el “Laberinto mágico” de Max Aub: seis grandes relatos sobre la guerra, contemplada desde las vivencias de personajes no combatientes (la inmensa mayor parte de la gente, puras víctimas de la contienda, como siempre). Relatos que me dejaron marca y que hablaban de los padecimientos y horrores entre la gente común, la que ni decidía, ni portaba un arma, solo sufría, contados desde una enorme humanidad e intensidad emocional (traición, fraternidad, penar, duelo, inseguridad, proyectos quebrados, hambre, frío, miedo difuso, risas tristes, venganzas, decepción).
¡Cuantas veces el prólogo de una guerra es una política fracasada, inmoral, de unos políticos irresponsables, incapaces, ruines, verdaderos delincuentes, y una población insensata, descerebrada, responsable formal de sus dirigentes, rendida a un incierto pero oscuro destino!
Nuestro mundo actual está en manos de un anciano trastornado y multirrumbo, soberbio, déspota y sanguíneo, desnudo de toda norma moral, a quien se ha entregado el fantástico poder de hacer progresar a la humanidad o destruirla. Se autopropone pacificador y alienta la guerra allá donde posa la mirada. Y en manos también de un témpano destructivo, insensible, embriagado por su propio amor (el que le falta por todos los demás), narcisista y sádico. Y, en tercer lugar, en manos de un emperador de oriente, de expresión inexistente, gélido, imperturbable, implacable, autoritario y depredador. Ese trío domina hoy la Tierra y utilizan la guerra como la más eficaz herramienta de poder. Usan, permiten o fulminan a buena cantidad de jefecillos locales entre los que desconozco a alguno ejemplar.
A nuestro jefecillo de casa lo califico como lo peorcito. Posiblemente porque nuestra sociedad esté lejísimos de ser de las mejorcitas. Es el prototipo del buen sembrador de discordias que fructifiquen en verdaderas guerras, tan cínico que nos obsequia con la construcción del muro que nos divida y enfrente al tiempo que enarbola ¡él!, la banderola con el lema de ¡no a la guerra!, cuando es un gran cualificado de entre los desnaturalizados propulsores del conflicto, la hostilidad y el disenso. Dispone de la ayuda formidable del nanodiplomático (más aún por su parva talla intelectual que por la física) que destaca por su hábil gestión que nos resguarde de marchas invasoras de color (aún indefinido), de un antiguo conocido y sagaz vecino, mejor dispuesto a albergar bases militares de amigos y mostrarles sus cariños. ¡Dios mío, la diplomacia es el mejor antídoto contra la guerra!(1) Y nosotros, los demás, rendidos ante ese incierto y oscuro destino.
Además de otros conflictos menores hoy guerrean Rusia, Ucrania, EEUU, Israel, Palestina, Líbano, Irán, Cuba, Paquistán, Afganistán, Birmania, Sudán, … Desde la segunda gran guerra Europa no se había sentido tan amenazada como hoy por una brutal guerra económica que con facilidad puede acabar en un conflicto armado de dimensiones no imaginables por la capacidad militar de destrucción. Ante ello, brillan por su ausencia los dirigentes capaces de reencauzar la situación hacia la humana convivencia y sobran los folcloristas de pancarta farisea.
Quienes sí estamos contra la guerra somos todos aquellos que nos empleamos en aportar paz en nuestras familias, nuestros amigos, nuestros vecinos, nuestros colegas, nuestros conciudadanos, nuestros compatriotas y, en general, nuestros congéneres. Y que siempre hemos celebrado y celebramos las caídas de muros. Identificamos con facilidad a quienes se disfrazan de antibelicistas al tiempo que promocionan la disputa, el enfrentamiento y la violencia.
(1) Míchel Rubin, Lindsey Graham, el Hudson Institute, Robert Greenway, John Bolton, forman parte de muy influyentes políticos norteamericanos (bien tratados por Marruecos), que manifiestan una clara antipatía por la actual España (dentro de la que no reconocen a nuestras Ceuta y Melilla). Que aparezcan gentes como Zapatero, Bono y Pepiño Blanco en nuestro hacer diplomático dispara mi desazón.
CM
22-3-2026


































