CULTURA EUROPEA
Algunos de los del “patinete mental” (los progres puros) han impuesto que la historia de Europa, y, por tanto, la de España, nació con la Revolución Francesa. Antes, la nada.
Es natural que las jóvenes generaciones, víctimas de tan excéntrica “educación”, tengan serias dificultades para asirse a vínculos colectivos más allá de un horizonte inmediato. O incluso que no existan argamasas de unión grupal con una cierta estabilidad.
Claro que importa el sólo hecho de que sea una concepción basada en la mentira. Pero, además, deja a los “nuevos europeos” en una perplejidad profunda cuando su naturaleza les impulsa a plantearse “porqués” que carecen de respuesta.
“Libertad, igualdad y fraternidad” es un lema profundamente atractivo que ofrece una propuesta de convivencia ideal. La Revolución Francesa de 1789 tomó el lema de “Anenturas de Telémaco”, libro publicado por François de Salignac, teólogo católico, en 1699. Paradójicamente, sin embargo, ha conducido a simplificaciones y falsedades que impiden una conciencia común.
Para progresar hacia la libertad, parece evidente que los logros materiales son fundamentales. Pero no suficientes. Porque, al no existir una meta, la lucha por la libertad se vuelve sometimiento, ausencia de libertad. Es innegable que disponer de todos los bienes materiales que el ser humano precisa, es una condición para ser libres. Pero hay una doble vía para llegar a la meta.
Una conduce a un pozo sin fondo: más casa, más automóvil, más viajes, más ropa … Sin meta posible, sólo puede proporcionar ansiedad (excitación por el “más”), o frustración (por no conseguirlos). Como la vida terrena material es finita, mortal, limita el “después”, resulta necesariamente una vía negativa.
La otra vía consiste en contener, limitar la necesidad material. Si verdaderamente se consigue no necesitar más bienes de los que se tienen, se eliminan de verdad tanto la ansiedad de querer más bienes como la frustración de no conseguirlos. Le encuentro un único inconveniente, aunque paralizante: un escepticismo que puede frustrar la natural curiosidad humana y por tanto el verdadero progreso cultural y científico. Y por el camino se extravía la capacidad de elaborar criterio personal.
Resumiendo: esa libertad “desnuda” no es alcanzable por los humanos. Deja un camino limpio, desbrozado, para justo lo contrario, el sometimiento.
La biología se ocupa, inexorable, de negar la igualdad. Muy al contrario, la biología establece la más sugestiva desigualdad. Imaginemos la hipótesis más fantasiosa: que todos los humanos fueran idénticos en la línea de salida, todos clónicos de un desconocido patrón. La igualdad solo se mantendría con la condición de que no diese inicio la carrera. Porque, tan sólo iniciada aquella, afloraría de inmediato la desigualdad. Ni los desarrollos físicos ni los intelectivos son iguales. La biología se impone. Sólo la acción humana puede compensar parcial y mínimamente las desigualdades biológicas. Aún así, la acción humana debería realizarla un humano “puro”, tanto que no sería humano. La acción humana aporta siempre, un interés personal que, favoreciendo a uno hace inevitable perjudicar a otro.
En resumen, esa “igualdad” pura tampoco puede conseguirla el ser humano.
Los lazos fraternales nunca son idénticos ni entre los hermanos biológicos. Los afectos exceden los meros márgenes de la biología. Además, ¿quiénes serian aquellos padres comunes que procurasen no sólo idénticos sentimientos y emociones hacia y de todos los hijos, sino que llegasen a transmitir a éstos interrelaciones semejantes? No estoy conforme conque los humanos seamos lobos unos contra otros (“Lupus est homo homini”, frase de Plauto, tomada por el filósofo Hobbes en su teoría del contrato social), pero en la misma medida considero que no es cierto que el hombre sea bondadoso hacia el hombre por naturaleza (“homo homini benignus non est”, más o menos).
Como conclusión, tampoco creo que de la naturaleza humana emane la “fraternidad”. De nuevo sería la acción del hombre la que intervendría para evitar o, al menos, aliviar “desamores”. Y de nuevo vuelve a surgir la pregunta: ¿quién sería ese hombre interviniente?
Arrimando el ascua a mi sardina: defender que Europa comienza con la Revolución Francesa es, más que nada, una gran estupidez, muy propia de las “mentes del patín”. Sobre todo, es mentira.
Europa crece sobre tres pilares (Jaume Aurell):
- La moral de Jerusalén,
- La unión de mito y logos de Grecia,
- El sentido jurídico Romano de la existencia.
Las raíces cristianas fueron decisivas para forjar la identidad de Europa, continente y civilización única. Europa es la única civilización que tuvo una Edad Media que dio la oportunidad de madurar todo el legado clásico y religioso y ponerlo en práctica. Fue la única civilización capaz de diferenciar la política de la religión (“dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Evangelio de Mateo 22:21). Y la que posibilita comprender el debate entre Fe y Razón. El Tomismo (santo Tomás de Aquino) ya planteó que Fe y Razón no se oponen: vienen de Dios, forman una profunda armonía y buscan una sola verdad. La Razón usa la lógica para entender el mundo natural y la Fe acepta las verdades que Dios reveló.
El ser humano “trascendente”, más allá de la existencia inmediata, se conecta con realidades más amplias, como valores, creencias y propósitos. Es un ser espiritual que está vinculado a Dios. Desde esta dimensión humana, ser creado a la imagen y semejanza de Dios con absoluto libre albedrío, se colman de sentido la libertad, la igualdad y la fraternidad.
El Cristianismo incorporó y transformó la cultura previa (fenicia, griega y romana). Ni suprimió la cultura anterior ni se dejó dominar por ella. Fue capaz de elevar y purificar el legado grecorromano. Jerusalén transmite los Mandamientos, Grecia una Filosofía y Roma un Derecho que la Cristiandad madura durante los siglos de la Edad Media.
“La Tradición no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego” (Gustavo Mahler). Inmovilismo y Ruptura son los errores interpretativos de la Tradición y el Progreso.
Considero que las raíces cristianas son consustanciales a la civilización europea y esenciales para su supervivencia.
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| Superdisolvente DMF (PS) |
Para terminar, una reflexión que estimo vital igualmente para el concepto y el futuro de la Unión Europea. Como toda unión, precisa actitudes y espíritus aglutinantes. Por desgracia enorme España aporta hoy día a la UE un elemento puro disolvente: Pedro Sánchez. En su currículo: Israel, EEUU, Marruecos, Italia, Argelia, Alemania, Argentina, OTAN, han sido insultados, ninguneados, y enfrentados por el “exquisito” Sánchez.
Evidentemente Europa (y el mundo entero) necesita desprenderse de los Sánchez. España es Europa.
CM
9-8-2026







































