miércoles, 13 de mayo de 2026

 EL SEXO HUMANO

NI SUMA NI RESTA

 





Por evitar confusiones (tan habituales hoy), trataré de atenerme a lo que se viene usando según la simplificación siguiente:

-Sexo: características biológicas que diferencian a los hombres de las mujeres.

-Género: atributos, roles y comportamientos humanos reconocidos socialmente como masculinos, femeninos o intersexuales.




Desde la experiencia personal acumulada en una vida ya extensa, aseguro que, a efectos puramente humanos, el sexo es neutro en términos intelectivos. Sin embargo, sí creo que los procesos de maduración son muy distintos en términos generales: las chicas maduran antes y más rápido que los chicos. En mi caso, puro conocimiento empírico. Por ello, hace muchísimos años, estuve en contra de que el colegio en que me formé (sólo chicos), se transformase en mixto sin matices: reunir en una misma clase a niñas y niños de la misma edad suponía (y supone) agrupar a seres humanos con desarrollos biológicos y madurativos dispares, que yo estimo entre dos y tres años. Posiblemente no sea tampoco casualidad que, llegado el momento de iniciarse las parejas, el chico sea casi siempre mayor que la chica. Obviaré aquí las diferencias biológicas naturales para la preservación de la especie.






Me eduqué, sin embargo, en una sociedad en que la diferencia de géneros (roles, comportamientos, atributos y actividades) asignados culturalmente a cada sexo eran enormemente distintos. Simplificadamente, a las chicas se les educaba para que llegasen a ser madres y gobernantas de un hogar. Y a los chicos, para que fuésemos grandes profesionales llamados a mantener económicamente a una familia. Llegaba a resultar tan absurdo como que llorar fuera o no tolerable según se tratase de una niña o de un niño (“los chicos no lloran”). Y, siendo tan distintos los objetivos a alcanzar, suponía en todo caso, una superioridad social masculina. Creo que, básicamente se trataba de un esquema histórico sostenido durante innumerables siglos. Y quizás originado inicialmente en la fuerza física que asignaba al macho la tarea de salir a cazar, en tanto que la mujer se especializaba en la crianza de la prole.

Mi generación occidental y urbana ha conocido una formidable transformación de la consideración social según el sexo: los géneros se han ido igualando y, conforme la evolución social ha ido asignando a la mujer papeles sociales semejantes al hombre, la formación se fue transformando a tal fin. Simplistamente, las chicas fueron dejando el aprendizaje de coser y cocinar al tiempo que los chicos fueron aprendiéndolos y a que llorar no era cosa de mujeres.





Son datos incontestables que, desde hace muchos años, las mujeres han copado la mayor parte de las más altas calificaciones universitarias. En letras y en ciencias. Aún no se ha reflejado tal hecho en el mundo de la empresa a pesar del significativo crecimiento de mujeres en puestos de mando. El cambio hacia una igualdad profesional avanza rápido: no hace tantos años que, si no imposible, era una rareza encontrar a mujeres taxistas, camioneras, jefas en laboratorios, futbolistas, directivas de bancos, … en tanto que siguen destacando los hombres en el mundo de la costura, la cocina y la peluquería. Por otro lado, la generalizada salida femenina del hogar al mundo laboral ha producido complicados desajustes en la atención y crianza de los hijos. Nuestra sociedad no ha llegado a asumirlo como un problema no sólo de la familia, sino del conjunto de la sociedad y apenas ha aportado los medios necesarios para atender el profundo cambio. Sigue siendo una asignatura pendiente de una materia de la mayor importancia pues inevitablemente enlaza con el formidable descenso de la natalidad y consecuente envejecimiento de la población, con todo su crisol de graves y complejas consecuencias.


La gran diferencia entre sexos viene determinada por la reproducción, para la que biológicamente mujeres y hombres somos muy distintos y complementarios. Todos hemos nacido de la unión (estable o no) de padre y madre. Y confío que así seguirá siendo. Desde la cópula hasta el alumbramiento, quien ve alterada su biología profundamente es la mujer, dentro de la que, a lo largo de la gestación, va madurando una nueva vida. Y esa alteración se replica en su vida social, especialmente laboral. La gestación no produce en el hombre ningún tipo de alteración ni biológica ni de otra índole social. Son por tanto los lazos afectivos los que vinculan al hombre con el embarazo de su pareja. Así, el reto de encarar adecuada y positivamente tan formidable periodo se centra en el área femenina: sensibilidad, medicina y laboral serían los campos esenciales de actuación. 




De nuevo, es estúpido pretender que la atención corresponde sólo al ámbito individual y familiar. Siendo la sociedad entera la afectada por su propia supervivencia, está obligada a asumir un papel de atención y apoyo constante a la embarazada y, después, a los padres. Una atención médica eficaz y gratuita y unos recursos sociales de apoyo que hagan posible compatibilizar gestación, crianza y mundo laboral. El sanitario es el aspecto mejor atendido. Pero en la crianza apenas se ha avanzado en implicar al padre en sus obligaciones como tal y se han incrementado los periodos de libranzas laborales, pero endosando la carga sustancial a costa del empleador que, evidentemente, no es un agente de especial responsabilidad en el proceso. 





La responsabilidad debe recaer sobre el conjunto de la sociedad, de forma que la madre (y el padre) puedan compatibilizar totalmente su paternidad con sus vidas laborales. Y, ¡cuidado!, los hijos son de los padres, pero la comunidad no puede ser un agente ajeno a los cuidados y necesidades que genera la procreación. ¿Qué está aportando la comunidad para la atención y cuidado de los niños en los periodos vacacionales, muy superiores y no coincidentes con los de los padres?

 








Por otra parte, es hoy motivo de encendida controversia social el tratamiento voluntario del aborto. Se plantea en términos enfrentados entre el “derecho a la vida” y el “derecho a la libertad sobre el propio cuerpo”. Y se ha enmarcado en los muy exaltados “derechos de la mujer”. Y se discute sobre si el cigoto (célula nueva resultado de la unión de espermatozoide masculino y óvulo femenino), es un nuevo ser vivo o si es parte del cuerpo de la mujer. Mi posición es clara y ya repetida: el respeto a la vida es, antes que un derecho, un deber superior que a todos los humanos nos concierne. Por tanto, considero gravemente inmoral atentar contra la vida humana desde el primer instante de su viabilidad. Muy al contrario, es un deber primario cuidarlo para facilitar su desarrollo. Todos fuimos un cigoto que, desarrollándose, fue después feto, que permanece unido y alimentado por el organismo de la madre hasta su alumbramiento y separación del cordón umbilical.

Desde luego que considero posiciones distintas y contrarias, pero no dentro de un marco denominado “derechos de la mujer”.

La luz nos debe llegar desde nuestra propia conciencia y de la iluminación de la ciencia. Sin embargo, en ello ha irrumpido la “política” como elefante en cacharrería, convirtiendo la controversia en una falsa cuestión de ideologías.

 





Finalmente diré que el sexo es ajeno, indiferente a la dignidad humana, sagrada e inviolable. O sea, hombres y mujeres somos igualmente humanos, sin que el sexo aporte mérito o demérito alguno.

El sexo cumple las siguientes funciones:

1-Biológica: aporta a la reproducción la mezcla de los materiales genéticos de dos reproductores lo que crea una diversidad genética que aumenta las posibilidades de supervivencia de la especie y acelera el ritmo de la evolución.

2-Placentera: el placer erótico aporta una amplia experiencia de potentes sensaciones físicas y psicológicas, fantasías y emociones.

3-Afectiva: los vínculos sexoafectivos integran atracción, deseo, enamoramiento y afecto. Confianza, seguridad y cariño fomentan el deseo y la satisfacción, estimulando el respeto y la conexión emocional.

La sexualidad femenina es compleja, influenciada por factores hormonales, psicológicos y sociales, funcionando a menudo de manera más emocional y contextual que puramente física.

La sexualidad masculina involucra factores biológicos, hormonales y culturales. Los hombres tienen, comparativamente, un interés mayor en el sexo casual.

 









Para finalizar, vivimos en España una desmesura total de lo más degenerado del poder político que incluye una espesa y descarada salsa de sexo profesional, sexo duro, orgías imperiales que desfilan impunemente ante la masa adormilada, perfectamente capaz de sostener en una mano la pancarta callejera que rebuzna noes a la prostitución y la droga mientras que, con la otra, a ratos escamotea (o roba) a nuestra Guardia Civil los medios que preserven sus vidas en la lucha contra la droga y a ratos etiqueta como saunas los prostíbulos financiadores o hace recorrer media España a rameras con que enfangarse en sexo y drogas (los gastos siempre a la cuenta del anestesiado contribuyente). El sexo ponzoñoso sí quita. 

Así tenemos a España, en las más altas cotas de gobernantes a la par ineptos y malignos.

 

CM

13-5-2026

 

 


martes, 5 de mayo de 2026

 DIECISIETE ESTADITOS MÁS DOS

 




En España tenemos una población entorno a 49,5 millones de personas. Con un modelo territorial definido en la Constitución que, para lograr el preciado consenso entre las diferentes fuerzas políticas, se dividió y organizó la Nación en 17 territorios autonómicos más dos ciudades autónomas. Fue el resultado de la exigencia de tres comunidades (absurdamente denominadas “históricas”, pero con idiomas propios), Cataluña, Galicia y Vascongadas.

En 1978, la población española ascendía a 37 millones. Cataluña con 5,8, Galicia con 2,8 y Vascongadas con 2,1 millones, suponían el 29% del total.

Inicialmente se diseñó un modelo de autonomía política sólamente para Cataluña y País Vasco (21,4% de la población española). Pero, a impulso de Clavero Arévalo (Rector de la Universidad de Sevilla y ministro de España), se optó por el “café para todos”, con el fin de buscar la igualdad, que supuso extender la autonomía política a todas las regiones. La población andaluza del momento ascendía a 6,4 millones de habitantes.

Aquella explosión de exaltación de las identidades locales llevó, por ejemplo, a intentar que Segovia fuera una comunidad independiente de Castilla-León (en la que ya había importante controversia por aglutinar las dos antiguas regiones en una sóla comunidad autónoma).

Constituida la Nación como Monarquía Parlamentaria con un sistema de participación ciudadana mediante partidos políticos, éstos se extendieron con entusiasmo por la definitiva organización política, desarrollando Estatutos de Autonomía (constitucioncitas), Parlamentos autonómicos (parlamentitos) y Gobiernos Autonómicos (gobiernitos).

Natural e irremediablemente, cada una de las instituciones primigenias desarrollaron a través de los partidos políticos incontables órganos (organillos), multiplicando alocadamente los puestos (y puestecillos) de poder político que diesen cabida a su deseo de dominio y a sus compromisos.





No he logrado cifras de políticos profesionales en 1978. La cifra en 2025 más repetida asciende a más de 76.000 sin que haya podido encontrar una cifra segura (o hay un absoluto descontrol o un propósito de que la información esté fuera del alcance del ciudadano de a pie). Hay que añadir los asesores y personas de confianza, estimados en más de 20.000 (sindicato CSI-F). Resultaría un total de políticos profesionales superior a 96.000.

Los empleados públicos (incluidos funcionarios) superarían 3,1 millones.

 

El título octavo, capítulo tercero de nuestra Constitución está referido a las Comunidades Autónomas.

La descentralización del Estado en Comunidades Autónomas se inicia en 1979 (Cataluña y País Vasco) y termina en 1983, de la que resultan 17 Comunidades, a las que en 1995 se añaden las Ciudades Autónomas (2), de Ceuta y Melilla.

El 31 de julio de 1981 el presidente Calvo Sotelo (UCD) y Felipe González (PSOE) firman un acuerdo (que no firmaron los partidos nacionalistas vasco ni catalán) para “frenar la desordenada descentralización” y fijar el “mapa autonómico” mediante la “Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico” (LOAPA) que, rectificada por el Tribunal Constitucional, desembocó en la “Ley del Proceso Autonómico” (15-10-1983), aún vigente.

 





Eduardo García de Enterría (eximio catedrático de Derecho) dejó escrito en diciembre de 1983: “Hoy puede decirse sin exceso que se trata de una de las construcciones del sistema constitucional que seguramente encuentra un respaldo más firme y efectivo del cuerpo social. …enseguida pudieron hacerse visibles y hacerse tangibles para los gestores y para las poblaciones los beneficios efectivos que sobre los territorios que se les confiaron resultaron del sistema de auto-administración y de gestión propia de los recursos. …los pueblos, los pequeños lugares perdidos y abandonados por todos, se han encontrado de pronto atendidos y servidos”.

 

Vaya por delante mi respeto a quien fue profesor mío, verdadera eminencia en Derecho Administrativo. Pero lo llovido desde sus palabras escritas en 1983 hasta hoy, me hacen discrepar profundamente de tan entusiasta defensa de nuestro Sistema de Autonomías. Por tres razones:





1-El sistema autonómico no sólo no ha llegado a mejorar a tantos lugares dejados de la mano de Dios, sino que ha supuesto muy generalmente una concurrencia de diversas administraciones, descoordinadas a menudo y enfrentadas con frecuencia. De manera que, lejos de aproximar la gestión pública a los problemas del ciudadano, se convierten en dédalos impenetrables que consiguen hacer complejo lo que evidencia ser sencillo. Mi opinión es que, en tantos casos en que la concurrencia de administraciones y organismos diversos acarrean malestares añadidos al ciudadano, la explicación esté en el enfrentamiento entre administraciones regidas por partidos que fueron pasando de ser competidores a ser hoy enemigos radicales y antepongan sus particulares intereses y enfrentamientos al interés común, al interés del ciudadano, convertido en víctima de una guerra ajena. También genera tal acúmulo de administraciones algo tremendamente pernicioso: la dilución de la responsabilidad que termina por ser inexistente con frecuencia. Entre lo uno y lo otro, una víctima, el ciudadano. Problema enormemente difícil de solucionar o, al menos mejorar, porque todas las organizaciones políticas (de todo signo) tienen su interés centrado en la acumulación de poder y, que yo sepa, no existe freno legal para el crecimiento de las administraciones.





2-Nuestro sistema de Autonomías adolece de dos defectos formidables en la realidad actual: altamente ineficiente y desmesuradamente caro. No creo que tengamos Estado con capacidad de soportar económicamente este modelo.





3-La justificación política inicial buscó superar históricos enfrentamientos regionales. En la realidad, los nacionalismos regionales se han radicalizado hasta incluso identificarse como enemigos de España. Y los gobiernos de la Nación los han alimentado usándolos como arma contra su contrincante-enemigo natural, comportándose como en los peores divorcios en que los protagonistas utilizan a los hijos comunes como armas contra sus antiguas parejas.

 





Tanto la Constitución como el Estado de las Autonomías requieren del ingrediente imprescindible del consenso, del acuerdo, del bien común. Hoy tal ingrediente desapareció, se desintegró ante la política contraria, la del enfrentamiento, la crispación y el estímulo de enemistad odiosa entre los ciudadanos. Tan ominosa bandera la desempolvó y aireó el socialista Rodriguez Zapatero. Y la está elevando a su máxima expresión el socialista Sánchez Pérez-Castejón que nos anunció que levantaría un muro entre españoles. El tremolar de tal bandera también ha prendido en sus oponentes políticos que parecen abducidos por tan infernal magia.

 

Si no se produce en los partidos políticos un profundo reciclaje que les permita cumplir con su cometido de trabajar por el bien común, con el espíritu constructivo de pactar, conciliar, consensuar, esos partidos políticos no nos sirven y nuestra Constitución no puede aplicarse. En ello nos va la convivencia, ni más ni menos.

 


Recuerdo ahora a don Manuel Fraga clamando: ¡Gestión autonómica, pero Administración Única! (después él fue Presidente de la Xunta con el actual sistema cuatro legislaturas)

CM

6-5-2026