EL SEXO HUMANO
NI SUMA NI RESTA
Por evitar confusiones (tan habituales hoy), trataré de atenerme a lo que se viene usando según la simplificación siguiente:
-Sexo: características biológicas que diferencian a los hombres de las mujeres.
-Género: atributos, roles y comportamientos humanos reconocidos socialmente como masculinos, femeninos o intersexuales.
Desde la experiencia personal acumulada en una vida ya extensa, aseguro que, a efectos puramente humanos, el sexo es neutro en términos intelectivos. Sin embargo, sí creo que los procesos de maduración son muy distintos en términos generales: las chicas maduran antes y más rápido que los chicos. En mi caso, puro conocimiento empírico. Por ello, hace muchísimos años, estuve en contra de que el colegio en que me formé (sólo chicos), se transformase en mixto sin matices: reunir en una misma clase a niñas y niños de la misma edad suponía (y supone) agrupar a seres humanos con desarrollos biológicos y madurativos dispares, que yo estimo entre dos y tres años. Posiblemente no sea tampoco casualidad que, llegado el momento de iniciarse las parejas, el chico sea casi siempre mayor que la chica. Obviaré aquí las diferencias biológicas naturales para la preservación de la especie.
Me eduqué, sin embargo, en una sociedad en que la diferencia de géneros (roles, comportamientos, atributos y actividades) asignados culturalmente a cada sexo eran enormemente distintos. Simplificadamente, a las chicas se les educaba para que llegasen a ser madres y gobernantas de un hogar. Y a los chicos, para que fuésemos grandes profesionales llamados a mantener económicamente a una familia. Llegaba a resultar tan absurdo como que llorar fuera o no tolerable según se tratase de una niña o de un niño (“los chicos no lloran”). Y, siendo tan distintos los objetivos a alcanzar, suponía en todo caso, una superioridad social masculina. Creo que, básicamente se trataba de un esquema histórico sostenido durante innumerables siglos. Y quizás originado inicialmente en la fuerza física que asignaba al macho la tarea de salir a cazar, en tanto que la mujer se especializaba en la crianza de la prole.
Mi generación occidental y urbana ha conocido una formidable transformación de la consideración social según el sexo: los géneros se han ido igualando y, conforme la evolución social ha ido asignando a la mujer papeles sociales semejantes al hombre, la formación se fue transformando a tal fin. Simplistamente, las chicas fueron dejando el aprendizaje de coser y cocinar al tiempo que los chicos fueron aprendiéndolos y a que llorar no era cosa de mujeres.
Son datos incontestables que, desde hace muchos años, las mujeres han copado la mayor parte de las más altas calificaciones universitarias. En letras y en ciencias. Aún no se ha reflejado tal hecho en el mundo de la empresa a pesar del significativo crecimiento de mujeres en puestos de mando. El cambio hacia una igualdad profesional avanza rápido: no hace tantos años que, si no imposible, era una rareza encontrar a mujeres taxistas, camioneras, jefas en laboratorios, futbolistas, directivas de bancos, … en tanto que siguen destacando los hombres en el mundo de la costura, la cocina y la peluquería. Por otro lado, la generalizada salida femenina del hogar al mundo laboral ha producido complicados desajustes en la atención y crianza de los hijos. Nuestra sociedad no ha llegado a asumirlo como un problema no sólo de la familia, sino del conjunto de la sociedad y apenas ha aportado los medios necesarios para atender el profundo cambio. Sigue siendo una asignatura pendiente de una materia de la mayor importancia pues inevitablemente enlaza con el formidable descenso de la natalidad y consecuente envejecimiento de la población, con todo su crisol de graves y complejas consecuencias.

La gran diferencia entre sexos viene determinada por la reproducción, para la que biológicamente mujeres y hombres somos muy distintos y complementarios. Todos hemos nacido de la unión (estable o no) de padre y madre. Y confío que así seguirá siendo. Desde la cópula hasta el alumbramiento, quien ve alterada su biología profundamente es la mujer, dentro de la que, a lo largo de la gestación, va madurando una nueva vida. Y esa alteración se replica en su vida social, especialmente laboral. La gestación no produce en el hombre ningún tipo de alteración ni biológica ni de otra índole social. Son por tanto los lazos afectivos los que vinculan al hombre con el embarazo de su pareja. Así, el reto de encarar adecuada y positivamente tan formidable periodo se centra en el área femenina: sensibilidad, medicina y laboral serían los campos esenciales de actuación.
De nuevo, es estúpido pretender que la atención corresponde sólo al ámbito individual y familiar. Siendo la sociedad entera la afectada por su propia supervivencia, está obligada a asumir un papel de atención y apoyo constante a la embarazada y, después, a los padres. Una atención médica eficaz y gratuita y unos recursos sociales de apoyo que hagan posible compatibilizar gestación, crianza y mundo laboral. El sanitario es el aspecto mejor atendido. Pero en la crianza apenas se ha avanzado en implicar al padre en sus obligaciones como tal y se han incrementado los periodos de libranzas laborales, pero endosando la carga sustancial a costa del empleador que, evidentemente, no es un agente de especial responsabilidad en el proceso.
La responsabilidad debe recaer sobre el conjunto de la sociedad, de forma que la madre (y el padre) puedan compatibilizar totalmente su paternidad con sus vidas laborales. Y, ¡cuidado!, los hijos son de los padres, pero la comunidad no puede ser un agente ajeno a los cuidados y necesidades que genera la procreación. ¿Qué está aportando la comunidad para la atención y cuidado de los niños en los periodos vacacionales, muy superiores y no coincidentes con los de los padres?
Por otra parte, es hoy motivo de encendida controversia social el tratamiento voluntario del aborto. Se plantea en términos enfrentados entre el “derecho a la vida” y el “derecho a la libertad sobre el propio cuerpo”. Y se ha enmarcado en los muy exaltados “derechos de la mujer”. Y se discute sobre si el cigoto (célula nueva resultado de la unión de espermatozoide masculino y óvulo femenino), es un nuevo ser vivo o si es parte del cuerpo de la mujer. Mi posición es clara y ya repetida: el respeto a la vida es, antes que un derecho, un deber superior que a todos los humanos nos concierne. Por tanto, considero gravemente inmoral atentar contra la vida humana desde el primer instante de su viabilidad. Muy al contrario, es un deber primario cuidarlo para facilitar su desarrollo. Todos fuimos un cigoto que, desarrollándose, fue después feto, que permanece unido y alimentado por el organismo de la madre hasta su alumbramiento y separación del cordón umbilical.
Desde luego que considero posiciones distintas y contrarias, pero no dentro de un marco denominado “derechos de la mujer”.
La luz nos debe llegar desde nuestra propia conciencia y de la iluminación de la ciencia. Sin embargo, en ello ha irrumpido la “política” como elefante en cacharrería, convirtiendo la controversia en una falsa cuestión de ideologías.
Finalmente diré que el sexo es ajeno, indiferente a la dignidad humana, sagrada e inviolable. O sea, hombres y mujeres somos igualmente humanos, sin que el sexo aporte mérito o demérito alguno.
El sexo cumple las siguientes funciones:
1-Biológica: aporta a la reproducción la mezcla de los materiales genéticos de dos reproductores lo que crea una diversidad genética que aumenta las posibilidades de supervivencia de la especie y acelera el ritmo de la evolución.
2-Placentera: el placer erótico aporta una amplia experiencia de potentes sensaciones físicas y psicológicas, fantasías y emociones.
3-Afectiva: los vínculos sexoafectivos integran atracción, deseo, enamoramiento y afecto. Confianza, seguridad y cariño fomentan el deseo y la satisfacción, estimulando el respeto y la conexión emocional.
La sexualidad femenina es compleja, influenciada por factores hormonales, psicológicos y sociales, funcionando a menudo de manera más emocional y contextual que puramente física.
La sexualidad masculina involucra factores biológicos, hormonales y culturales. Los hombres tienen, comparativamente, un interés mayor en el sexo casual.
Para finalizar, vivimos en España una desmesura total de lo más degenerado del poder político que incluye una espesa y descarada salsa de sexo profesional, sexo duro, orgías imperiales que desfilan impunemente ante la masa adormilada, perfectamente capaz de sostener en una mano la pancarta callejera que rebuzna noes a la prostitución y la droga mientras que, con la otra, a ratos escamotea (o roba) a nuestra Guardia Civil los medios que preserven sus vidas en la lucha contra la droga y a ratos etiqueta como saunas los prostíbulos financiadores o hace recorrer media España a rameras con que enfangarse en sexo y drogas (los gastos siempre a la cuenta del anestesiado contribuyente). El sexo ponzoñoso sí quita.
Así tenemos a España, en las más altas cotas de gobernantes a la par ineptos y malignos.
CM
13-5-2026

























