El 2759549
Fue nuestro primer número telefónico de conexión alámbrica.
Graham Bell registró la patente de su invento en 1876 que, según parece, se tomó inicialmente como una rareza, puesto que las comunicaciones de la época estaban perfectamente cubiertas por el telégrafo.
Hasta 1883 no se hizo en Madrid el primer ensayo de red telefónica que conectaba el Palacio Real con las dependencias ministeriales y otros centros oficiales. Fue un gran éxito, por lo que el Cuerpo de Telégrafos se encargó de implantar el primer servicio de abonados a particulares, disponible en 1885 al formidable precio de 300 pesetas el abono. Pronto mereció el calificativo de “prototipo de los encantos” que permitía “comunicarse con todo Madrid sin salir de casa”.
En marzo de 1886, mil kilómetros de cable tendido entre los tejados de Madrid, comunicaba a 486 abonados a través de una Estación Central atendida por señoritas hasta las 9 de la noche en que eran reemplazadas por operadores de telégrafos masculinos. Un manual explicaba con precisión la forma de utilizar aquellos primeros aparatos, a partir de la escucha y operación “central”.
En 1924 se funda la Compañía Telefónica Nacional de España. Y en 1928 se inicia la expansión del servicio automático.
Mis padres nacieron en 1909 y en 1918. Fue su generación la que conoció el formidable avance de las comunicaciones a través del teléfono.
No tengo recuerdo de que en casa fuera un acontecimiento el servicio telefónico automático, por lo que deduzco, que, a finales de los 40, el servicio automático del teléfono estaba muy extendido en Madrid.
Creo bastante generalizado que todos teníamos memorizados no menos de 15 o 20 números de teléfono de familiares, amigos, vecinos, … El de mis padres fue durante muchos años (niñez y primera juventud), el 2759549. En algún momento se cambió el inicial 2 por el 5 (5759549). Supongo que obedeciendo exigencias técnicas por la generalización del uso y el enorme crecimiento de líneas.
Mi más antigua memoria está ligada al repetido número y al modelo de teléfono negro (sobremesa y también pared en casa de mis abuelos) con un disco numérico (del 1 al 0) para marcar y un a modo de recipiente de cuatro patas arriba donde depositar el módulo auricular-micrófono sobre un soporte que abría o cancelaba la comunicación (pequeñas perforaciones redondas uno y hendiduras paralelas otro). Creo que fabricados en baquelita, plástico duro y resistente (primer polímero sintético que inició la época de los plásticos).
La socialización del servicio de telefónica la tengo asociada al modelo Heraldo, como el automóvil lo tengo al SEAT 600.
Un avance en las comunicaciones telefónicas llegó de la mano de los “teléfonos públicos” alojados en cabinas levantadas en las calles y accionables primeramente con fichas troqueladas (adquiridas en estancos) y después directamente con monedas. El alojamiento de fichas o monedas permitía ver como la ristra de ellas que depositaba el usuario iban cayendo, desapareciendo en la caja recaudadora conforme avanzaba la comunicación, facilitando el anuncio del corte de la misma (en ocasiones estresante, si no disponías de “material” de repuesto; y un medidor muy visual del encarecimiento de los precios).
La aparición del “teléfono móvil” (aunque propiamente no se mueve, se transporta) o “celular” o “sin cables” supuso una revolución total en las comunicaciones telefónicas. Mi generación vivió de lleno su inicio y formidable desarrollo. Supuso la movilidad mediante un aparato transportable que, conectado a repetidores vía satélite, permiten una movilidad teóricamente total y mundial.

Comenzó con Martín Cooper que realizó una llamada “inalámbrica” en Nueva York en 1973 con un aparato de 1,1 kilos. El primer modelo comercial fue un Motorola que se vendía en 1983 por 4 mil dólares. La tecnología fue cambiando modelos analógicos pesados por los teléfonos digitales “inteligentes” (smartphones) de los años dos mil (3G) con conexión a Internet que han evolucionado incorporando velocidades y prestaciones apabullantes, no siendo el uso más destacado el puramente telefónico (son agendas, cámaras y álbumes de fotos, música, relojes, medio de pago e identificación, juegos, redes sociales, mapas, informativos, turismo, diccionarios, …, ordenadores minúsculos con una capacidad tremenda).

En cierta medida nos hemos hecho esclavos de los telefonitos. Alcanzar los 12 años sin un smartfhone suele ser una desdicha profunda y una humillación social importante. Yo mismo caí un día en la cuenta de que, realizando algunas gestiones en la calle, me había olvidado el telefonito en casa. Sufrí un primer golpe de angustia que me impelía a regresar a casa suspendiendo mi plan. Después, fui capaz de reflexionar que había sido capaz de sobrevivir y vivir sin teléfono móvil más de treinta o cuarenta años. Y que jamás se paró el mundo por falta de estos aparatitos tan útiles y eficaces.
Prefiero no asomarme al abismo de angustia que hoy día supone la pérdida del teléfono móvil. Porque hemos hecho depender de él en demasía nuestras ajetreadas vidas (claro que pudo tener una reflexión parecida el que iniciaba el uso de la rueda recién inventada, por ejemplo).
En cualquier caso, hoy solo tengo memoria de mi propio número de teléfono. He dejado al teléfono que memorice el resto de mis contactos. ¿Tendrá algo que ver con mi general sensación de pérdida de memoria? Espero que haya servido para mejorar mi libertad o, al menos, para no menguarla.
CM
31-3-2026