martes, 5 de mayo de 2026

 DIECISIETE ESTADITOS MÁS DOS

 




En España tenemos una población entorno a 49,5 millones de personas. Con un modelo territorial definido en la Constitución que, para lograr el preciado consenso entre las diferentes fuerzas políticas, se dividió y organizó la Nación en 17 territorios autonómicos más dos ciudades autónomas. Fue el resultado de la exigencia de tres comunidades (absurdamente denominadas “históricas”, pero con idiomas propios), Cataluña, Galicia y Vascongadas.

En 1978, la población española ascendía a 37 millones. Cataluña con 5,8, Galicia con 2,8 y Vascongadas con 2,1 millones, suponían el 29% del total.

Inicialmente se diseñó un modelo de autonomía política sólamente para Cataluña y País Vasco (21,4% de la población española). Pero, a impulso de Clavero Arévalo (Rector de la Universidad de Sevilla y ministro de España), se optó por el “café para todos”, con el fin de buscar la igualdad, que supuso extender la autonomía política a todas las regiones. La población andaluza del momento ascendía a 6,4 millones de habitantes.

Aquella explosión de exaltación de las identidades locales llevó, por ejemplo, a intentar que Segovia fuera una comunidad independiente de Castilla-León (en la que ya había importante controversia por aglutinar las dos antiguas regiones en una sóla comunidad autónoma).

Constituida la Nación como Monarquía Parlamentaria con un sistema de participación ciudadana mediante partidos políticos, éstos se extendieron con entusiasmo por la definitiva organización política, desarrollando Estatutos de Autonomía (constitucioncitas), Parlamentos autonómicos (parlamentitos) y Gobiernos Autonómicos (gobiernitos).

Natural e irremediablemente, cada una de las instituciones primigenias desarrollaron a través de los partidos políticos incontables órganos (organillos), multiplicando alocadamente los puestos (y puestecillos) de poder político que diesen cabida a su deseo de dominio y a sus compromisos.





No he logrado cifras de políticos profesionales en 1978. La cifra en 2025 más repetida asciende a más de 76.000 sin que haya podido encontrar una cifra segura (o hay un absoluto descontrol o un propósito de que la información esté fuera del alcance del ciudadano de a pie). Hay que añadir los asesores y personas de confianza, estimados en más de 20.000 (sindicato CSI-F). Resultaría un total de políticos profesionales superior a 96.000.

Los empleados públicos (incluidos funcionarios) superarían 3,1 millones.

 

El título octavo, capítulo tercero de nuestra Constitución está referido a las Comunidades Autónomas.

La descentralización del Estado en Comunidades Autónomas se inicia en 1979 (Cataluña y País Vasco) y termina en 1983, de la que resultan 17 Comunidades, a las que en 1995 se añaden las Ciudades Autónomas (2), de Ceuta y Melilla.

El 31 de julio de 1981 el presidente Calvo Sotelo (UCD) y Felipe González (PSOE) firman un acuerdo (que no firmaron los partidos nacionalistas vasco ni catalán) para “frenar la desordenada descentralización” y fijar el “mapa autonómico” mediante la “Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico” (LOAPA) que, rectificada por el Tribunal Constitucional, desembocó en la “Ley del Proceso Autonómico” (15-10-1983), aún vigente.

 





Eduardo García de Enterría (eximio catedrático de Derecho) dejó escrito en diciembre de 1983: “Hoy puede decirse sin exceso que se trata de una de las construcciones del sistema constitucional que seguramente encuentra un respaldo más firme y efectivo del cuerpo social. …enseguida pudieron hacerse visibles y hacerse tangibles para los gestores y para las poblaciones los beneficios efectivos que sobre los territorios que se les confiaron resultaron del sistema de auto-administración y de gestión propia de los recursos. …los pueblos, los pequeños lugares perdidos y abandonados por todos, se han encontrado de pronto atendidos y servidos”.

 

Vaya por delante mi respeto a quien fue profesor mío, verdadera eminencia en Derecho Administrativo. Pero lo llovido desde sus palabras escritas en 1983 hasta hoy, me hacen discrepar profundamente de tan entusiasta defensa de nuestro Sistema de Autonomías. Por tres razones:





1-El sistema autonómico no sólo no ha llegado a mejorar a tantos lugares dejados de la mano de Dios, sino que ha supuesto muy generalmente una concurrencia de diversas administraciones, descoordinadas a menudo y enfrentadas con frecuencia. De manera que, lejos de aproximar la gestión pública a los problemas del ciudadano, se convierten en dédalos impenetrables que consiguen hacer complejo lo que evidencia ser sencillo. Mi opinión es que, en tantos casos en que la concurrencia de administraciones y organismos diversos acarrean malestares añadidos al ciudadano, la explicación esté en el enfrentamiento entre administraciones regidas por partidos que fueron pasando de ser competidores a ser hoy enemigos radicales y antepongan sus particulares intereses y enfrentamientos al interés común, al interés del ciudadano, convertido en víctima de una guerra ajena. También genera tal acúmulo de administraciones algo tremendamente pernicioso: la dilución de la responsabilidad que termina por ser inexistente con frecuencia. Entre lo uno y lo otro, una víctima, el ciudadano. Problema enormemente difícil de solucionar o, al menos mejorar, porque todas las organizaciones políticas (de todo signo) tienen su interés centrado en la acumulación de poder y, que yo sepa, no existe freno legal para el crecimiento de las administraciones.





2-Nuestro sistema de Autonomías adolece de dos defectos formidables en la realidad actual: altamente ineficiente y desmesuradamente caro. No creo que tengamos Estado con capacidad de soportar económicamente este modelo.





3-La justificación política inicial buscó superar históricos enfrentamientos regionales. En la realidad, los nacionalismos regionales se han radicalizado hasta incluso identificarse como enemigos de España. Y los gobiernos de la Nación los han alimentado usándolos como arma contra su contrincante-enemigo natural, comportándose como en los peores divorcios en que los protagonistas utilizan a los hijos comunes como armas contra sus antiguas parejas.

 





Tanto la Constitución como el Estado de las Autonomías requieren del ingrediente imprescindible del consenso, del acuerdo, del bien común. Hoy tal ingrediente desapareció, se desintegró ante la política contraria, la del enfrentamiento, la crispación y el estímulo de enemistad odiosa entre los ciudadanos. Tan ominosa bandera la desempolvó y aireó el socialista Rodriguez Zapatero. Y la está elevando a su máxima expresión el socialista Sánchez Pérez-Castejón que nos anunció que levantaría un muro entre españoles. El tremolar de tal bandera también ha prendido en sus oponentes políticos que parecen abducidos por tan infernal magia.

 

Si no se produce en los partidos políticos un profundo reciclaje que les permita cumplir con su cometido de trabajar por el bien común, con el espíritu constructivo de pactar, conciliar, consensuar, esos partidos políticos no nos sirven y nuestra Constitución no puede aplicarse. En ello nos va la convivencia, ni más ni menos.

 


Recuerdo ahora a don Manuel Fraga clamando: ¡Gestión autonómica, pero Administración Única! (después él fue Presidente de la Xunta con el actual sistema cuatro legislaturas)

CM

6-5-2026

 

 


lunes, 4 de mayo de 2026

 MENGUAR

 





Me trasladaba a una reunión cuando uno de mis folios voló al suelo. Instintivamente me agaché de inmediato para recogerlo. Fue la primera vez en toda mi vida que fui consciente de que requería un esfuerzo (entonces mínimo) tal movimiento. Para mí fue como el disparo de salida a una carrera que me ha permitido ir conociendo el crecimiento y dificultad del gesto, a más de ser hoy previamente muy meditado. Y la sensación de que el suelo se aleja y mi brazo se acorta cada día.


Por desgracia suelen pasar meses hasta que volvemos a ver a los hijos y nietos que viven en Asturias. Así que los cambios que apreciamos en los nietos son, cuanto menos, llamativos. Hará más o menos un año cuando quedamos estupefactos por el “estirón” que habían dado: la mayor, hasta mi estatura, y el menor:

“Abu, ya te llego por encima de tu hombro”

“¡Caramba, tienes razón, entre lo que tú has crecido y lo que yo he bajado, ¡cómo se ha acortado la diferencia!”

“¿Cómo que tú has bajado?”

“Sí cielo, lo llevo haciendo desde hace años, poco a poco, pero sin parar. El cuerpo de los viejos va perdiendo estatura porque las vértebras se van juntando y la columna se va curvando”.

“¡Pues qué faena Abu!”

 




Sí, envejecer es una faena inexorable, pero durante muchísimos años inconsciente. Es nuestra naturaleza mortal; nuestro cuerpo tiene fecha de caducidad (ilegible, gracias a Dios).

 




Para mí, un principio básico de vida sana es la adaptabilidad. De forma que, a menor grado de adaptación, mayor dosis de amargura. Por lo que, por el interesantísimo objetivo de ser felices, hemos de hacer nuestros mejores esfuerzos para adaptarnos. A las nuevas comidas, a las nuevas costumbres, a los nuevos imprevistos, al quebranto de salud, … ¡y, por descontado, al envejecimiento!

 




Si conseguimos añadirle el propósito de buscar en cada nueva circunstancia algo positivo, mejor que mejor.

Al envejecimiento no es nada fácil encontrarle el lado positivo. Y sí muy fácil y deprimente centrarse en lo que nos hubiera gustado hacer y ya no es realizable, lo que conduce inevitablemente a la melancolía, a la frustración y a la amargura, sin modificar en absoluto el avance hacia lo irremediable. Pero lo que sí tiene remedio es luchar contra un sentimiento pesimista para que nos deje en paz durante nuestro avance.





Creo que quizás la herramienta más eficaz sea tener la fe que nos asegure una nueva vida para nuestra alma, una vez que abandone nuestro marchito cuerpo. Por fortuna yo creo en otra vida espiritual posterior que dé sentido total a esta vida terrena.

Es posible que para disfrutar de la fé a que me refiero hayamos de tener algún tipo de predisposición. Pero, sea como sea, hay que cultivarla. Parece una evidencia generalmente compartida que debemos atender y cuidar nuestro cuerpo pues, en buena medida, nos va en ello el bienestar. Pues aún más evidente debería ser la necesidad de atender y cuidar con esmero nuestro espíritu, de cuya buena salud depende aún más nuestro bienestar.

Como seres sociales que somos, irradiamos necesariamente en los demás nuestra dicha o nuestra amargura. Contundentemente en los más próximos: padres, cónyuges, hijos, hermanos, amigos, compañeros, vecinos y paisanos.

 




Vivimos en un ambiente global hostil, de malestar bastante generalizado. Y no creo que, en nuestra sociedad, se deba a un maltrato al cuerpo. Incluso puede que se exagere su cuidado hasta la veneración al ídolo. Si fuera así, la conclusión no ha ser otra que se descuida nuestro espíritu, incluso se le maltrata, o se le ignora. Y puede que la clave esté en el amor. Porque quien no se ama justa y dignamente a sí mismo, apuesto a que se encuentra imposibilitado de amar a los demás.

Si el amor es concordia, creo muy cierto que nos sobran líderes sociales que pregonan (e imponen) la discordia, el desamor. Parece que, trágicamente, tienen éxito. De tales líderes habrá que prescindir con diligencia, pero antes, no dejarse arrastrar por sus trampas para engullirnos en el pozo del enfrentamiento, del odio y de la perversión constante. Una sociedad que no se cobije bajo el paraguas del amor está condenada a ahogarse.

 




Mi pregón hoy es el amor, también al distinto, también a quien discrepa, pero naturalmente primando al más próximo. También a la vida. También a la vejez, la que hace que mengüe nuestro cuerpo, pero no tiene por qué menguar nuestro espíritu.

 

CM

4-5-2026


domingo, 26 de abril de 2026

 PERSONA Y DEMOS

AUCTORITAS Y POTESTAS

 






Me ha estimulado un coloquio entre Monseñor Argüello y doña Cayetana Álvarez de Toledo. Él, licenciado y profesor de Derecho, arzobispo de Valladolid, preside actualmente la Conferencia Episcopal Española y es uno de los más significados prelados. Ella, historiadora, periodista, conferenciante y actualmente portavoz adjunta del grupo popular en el Congreso, es una de las más brillantes políticas.

La atractiva conversación entre ambos tocó diversos temas en relación con la democracia, la dignidad de la persona, el bien común, la emigración, la verdad, el derecho a la vida, …, todos ellos de indudable y gran interés que fueron planteados desde una sinceridad natural, tanto en coincidencias como en discrepancias, que también abordaron con recíproco respeto y espíritu de búsqueda de áreas coincidentes, manifestándose ella como no creyente y siendo él un prelado católico destacado.

Ocurre que es un bien tan escaso la aleación de sabiduría, respeto y oratoria que quedé muy agradecido por el agradable rato de enseñanza recibida. No trataré de reproducir aquí su conversación sino aspectos que me despertó el deseo de reflexionar sobre cuestiones que directa o indirectamente estuvieron en su coloquio.

 





Persona: individuo de la especie humana con conciencia, identidad propia, moral, razón y dignidad, sujeto de derechos inalienables y universales y de sus correspondientes obligaciones y con naturaleza social.





Para los creyentes es el ser creado por Dios “a su imagen y semejanza”, cuyo propósito es amar y relacionarse con el Creador, una unidad de alma y cuerpo con una vocación eterna.

Un gran y desarrollado cerebro permite al ser humano una capacidad intelectual superior al resto de las especies animales.  

Dos aspectos creo que merece la pena resaltar en nuestra sociedad actual:

-el “antropocentrismo” que considera a la persona el centro del Universo al que somete a su conveniencia. En el fondo es una manifestación de soberbia desorbitada que eleva al ser humano a la categoría de dios, a quien debe plegarse el resto de la naturaleza. A mi forma de ver es un error destructivo que proviene de una de las maldades más nefastas de los humanos, el orgullo desmedido y el desprecio a lo demás, considerado en la Biblia como el pecado capital primordial (rebelión contra Dios). Como lo es la posición contraria, considerar a la especie humana igual al resto de las especies.

-la “indigestión de derechos”. Coincido plenamente con nuestros dos tertulios en que sufrimos un absoluto empacho de derechos y una ignorancia y desprecio de los inexcusables deberes correspondientes a los derechos. Como en algún momento comentaban, precisamos una solemne “declaración universal de los deberes del ser humano”, inculcar en cada casa, en cada escuela, la necesidad vital de cumplir con el deber de cada uno.





DEMOS: en la Antigua Grecia, pueblo, gente o población. El término fue evolucionando desde el sentido territorial hasta el político.

Es el conjunto de personas que se agrupan como consecuencia del carácter social del ser humano, de la persona.

Considero preciso enfatizar que, primero es la persona y, después, como consecuencia de su naturaleza, es el pueblo, el conjunto de personas agrupadas. Sujeto de deberes y derechos es la persona, lo que deriva en que sus agrupaciones tengan obligaciones y derechos.





De su raíz etimológica proviene:

-democracia: el “poder del pueblo”. Es el principio conforme un grupo humano se gobierna a sí mismo, sin sometimiento a ninguna otra autoridad. La complejidad de las agrupaciones humanas ha requerido mecanismos, fórmulas que permitan el que el pueblo se gobierne a sí mismo.

Operativamente, la complejidad del pueblo ha conducido a distintos sistemas de representación. La representación exige un proceso de selección de los representantes. Naturalmente deben ser “los mejores” de cada Pueblo, ya que de sus virtudes depende alcanzar mediante la justicia el mejor “bien común”, el mayor bienestar del grupo de personas, de los ciudadanos. Para ello, dos conceptos son esenciales:





-la AUCTORITAS: prestigio, autoridad moral y saber reconocido por la sociedad que otorga influencia sobre otros. La mejor reputación, la mayor bondad y la mayor sabiduría han de ser las condiciones para que el pueblo reconozca a los miembros más valiosos para representarlo.





-la POTESTAS: a los elegidos ha de dotárseles de la autoridad, el poder legal y facultad coactiva para que puedan llevar a cabo su “obligación” de procurar el interés general, el bien común, con estricto respeto a los deberes y derechos individuales de las personas. Y al pueblo corresponde retirar la Potestas cuando el comportamiento del elegido se aparta de las razones y motivaciones que tuvo el Pueblo para entregársela.

 

Llamamos Estado a la organización política, social y administrativa que rige un territorio delimitado y a su población. En democracia, tal organización sólo procede del pueblo soberano, a través de sus representantes elegidos conforme al criterio de la Auctóritas y dotados de la necesaria Potestas. Está al servicio de las personas. Su objeto es el bien común y la convivencia pacífica, protegiendo la dignidad y derechos fundamentales de las personas, garantizando el orden, la seguridad y la justicia.

 




Existen unos “Principios Universales” por los que debe regirse cada comunidad en cualquier circunstancia. Son objetivos e inmutables y marcan las fronteras para cualquier sociedad. Sustancialmente suponen los siguientes derechos:

-la Vida: es la base de las sociedades organizadas,

-Justicia y Honestidad: dirigidos a la Equidad y la Verdad,

-Libertad e Igualdad: autonomía individual y trato simétrico entre personas.

-Solidaridad: apoyo mutuo.

 





Convencido de que todo lo anterior tiene una validez suficientemente sólida, procedo a juzgar la situación española desde esos parámetros:





1- La Persona:

Han proliferado en los últimos cincuenta años individuos de conciencia enferma, identidad propia indefinida y voluble, moral relativista, razón escasa y dignidad menor, contrarios a derechos universales pero demandantes de todo tipo de derechos materiales, sin asumir las obligaciones correspondientes, y con un sentido solidario degradado.

Al ya nacido (ha sobrevivido a los ataques fetales), se le ha asignado en cada casa ser el centro del Universo.

Ese título de ídolo se prolonga en la escuela al punto de valorar la “AUCTORITAS” como una peligrosa maldad, percibida como una “POTESTAS” que castra la Libertad Absoluta. Al tiempo, la escuela dejó de transmitir la sabiduría tradicional de nuestra civilización ayudando al alumno a pensar (tradición socrática), poniéndose al servicio de las revoluciones ideológicas de moda que el Estado decide promover.

Y se consuma en la vida social en que, carente de moderación o freno moral (convertida en relativista, circunstancial o productiva), sólo queda sometido por la fuerza a una POTESTAS creadora de Miedo y de Crispación promovida desde el “Populismo” (enfrentamiento dentro de la misma sociedad).





2- La DEMOCRACIA:

El autogobierno del PUEBLO, el grupo de Personas, o Ciudadanos, se organiza mediante representantes cuando su dimensión y complejidad impide gobernar directamente a través de cada ciudadano. Una fórmula de éxito para tal representación fue el “partido político”, organización que agrupa a ciudadanos con formas de pensar (ideologías) comunes, para aplicar un determinado programa de gobierno que somete a la sociedad.





Tengo escrito cómo el sistema de selección de los partidos políticos no puntúa ni el prestigio, ni la autoridad moral ni el saber reconocidos socialmente. Dentro de los partidos políticos, se valora sustancialmente la habilidad para alcanzar el poder, la POTESTAS, por vías de pura utilidad, absolutamente ajenas a la ética y la moral o incluso contra ellas. Se ha instalado la perniciosa idea del Relativismo que, negando la existencia de  Verdades Absolutas, “se convierte en una Dictadura al no reconocer nada como definitivo y dejar como última medida sólo el Ego y la voluntad propia” (Joseph Ratzinger). (Sánchez y Trump son relativistas arquetípicos).

Por lo que es perfectamente posible que el líder no sea el mejor para el interés y bien común de la sociedad (DEMO), sino para el bien personal o de su propia agrupación política por más que sea nefasto para la comunidad. De tal manera que el sistema de partidos envilece hasta tal punto el proceso de representación que LA DEMOCRACIA NO EXISTE.

Es inevitable que el proceso envilecedor desnaturalice la organización política, social y administrativa que rige a un territorio y a su población, el ESTADO que, capturado por “élites políticas y económicas”, influyen de tal forma en las Instituciones, que orientan leyes, políticas y decisiones públicas en su favor, en perjuicio del común, de la sociedad, de cada persona. En resúmen, llamémoslo como queramos, unas élites tienen sometido al Pueblo.


¿Porqué no se revela el Pueblo?: porque

-carece de mecanismos reales para recuperar el dominio efectivo sobre su gobernación,

-es víctima del populismo que ha conseguido crisparla y enfrentarla consigo misma,

-ha perdido conciencia clara y firme de los principios universales: la vida, la equidad, la verdad, la libertad, la igualdad y la solidaridad. Casi todo es relativo.

-está muy alejada o evita afrontar sus deberes, ebria de derechos.

-está huérfana de bienes espirituales a los que incluso persigue como enemigos de los materiales.

-su raciocinio medio es penoso, carente de sana formación y de ejercicio.

-huye del esfuerzo y cuanto ocasione sufrimiento.

-atada a la breve vida material precisa vivir el ahora con frenesí y arrebato, propio del esclavo sin esperanza.

-ha perdido conciencia del común, de ser parte de un colectivo.

 

Creo, en fin, que somos personas humanamente desarmadas, formando una sociedad desarmada, piezas muy fáciles de los depredadores humanos y sociales de donde obtienen su sustento insaciable. Los depredadores por antonomasia no son otros que las élites político-económicas.





La lucha exige conciencia, principios, arrojo, desazón y sacrificio. O conseguimos honrar nuestra dignidad humildemente e introducimos los filtros que depuren los procesos de selección dentro de los partidos políticos o hay que prescindir de ellos; y, o conseguimos mecanismos posibles y razonables de destituir a nuestros representantes, o estamos perdidos para la democracia.

 

26-4-2026