MI PALABRA DE HONOR
“Fuérzame la ley de caballería a cumplir mi palabra antes que mi gusto” (don Quijote)
“Al rey, la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma y el alma es sólo de Dios” (El alcalde de Zalamea)
Quien da su palabra deja de ser dueño de ella y pasa a ser propiedad de quien la recibe.
En la Antigua Grecia, la diosa PISTIS representaba la Confianza.
En la Antigua Roma, la diosa FIDES toma el relevo de Pistis representando la Fe, Lealtad y Confianza.
En ambas civilizaciones más el Cristianismo (“santificalos en Tu Verdad; Tu Palabra es Verdad”, ora Jesucristo a Dios Padre), hunde sus raíces nuestra civilización.
El Derecho Romano es la base y esencia de muchos códigos Civiles vigentes en occidente, desde luego, el español.
Sigue en vigor el “contrato verbal” entre partes como fórmula jurídica tan válida como el escrito y con idénticas obligaciones y derechos.
La fidelidad y respeto a la “palabra dada” es señal de nobleza, bondad y altura moral y determina el prestigio social (“es persona de palabra”).
Lamentablemente ha ido perdiendo valor la palabra conforme en la sociedad se han ido relajando (hasta desaparecer) los valores y principios que sustentaban la calidad de la convivencia porque la vida en sociedad está cimentada en la Lealtad y la Confianza.
Conforme flaquea la Confianza, se dañan las relaciones familiares, se perjudica la amistad, se enturbia la relación vecinal, se obstaculizan las relaciones profesionales, empeora el entendimiento entre naciones y, en definitiva, se degrada la convivencia, seña de identidad de nuestra condición humana.
La Palabra Dada se asemeja al Juramento que, en pureza, significa poner a Dios por testigo del compromiso que se toma. También el Juramento ha ido perdiendo uso al imponerse el criterio “progresista” de estar ligada la Libertad a la laicidad y considerar que la referencia a Dios contrariaba a aquella (absurdo argumento).
Así fue cómo el Juramento fue sustituyéndose por la Promesa, ya como simple expresión de voluntad y no tanto de compromiso.
A mi parecer, el proceso seguido (Palabra dada, Juramento, Promesa) supone claramente una huída del Compromiso y un acercamiento a una “voluntad circunstancial”. Es fácil deducir que, cambiada la circunstancia, desaparece el compromiso.
El HONOR en la Antigua Grecia (TIMÉ) era el reconocimiento público y la acreditación para formar parte de la clase dirigente.
En la Antigua Roma (HONOS), se vincula con el coraje y la valentía y representaba el honor militar. Desde entonces la virtud del HONOR quedó firmemente vinculada a la milicia, al ejército.
En la Edad Media constituía una de las más principales virtudes. Menéndez Pidal definió al HONOR como una virtud se se alcanzaba conforme a actos personales y la HONRA era la visión que los demás percibían de esa virtud en el otro. El HONOR era intrínseco al individuo (por méritos propios o por pertenecer a un linaje). La HONRA, más mutable, podía perderse no solo por los actos propios sino también por los ajenos (p.e. el marido “deshonrado” por el comportamiento de su mujer mantenía incólume su HONOR). La individualidad no existía, el individuo estaba supeditado al resto (familia, comunidad, estatus, …). La mujer era la base sobre la que se sostenía el HONOR de la familia o de la casta.
HONRA y REPUTACIÓN son derechos reconocidos por el artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (irrenunciables).
La Constitución de 1978 protege el HONOR en su artículo 12.
En definitiva, el HONOR obedece al principio de la DIGNIDAD DE LA PERSONA (“los seres humanos constituyen fines en sí mismos y no pueden ser utilizados solamente como medios de otras personas” (Kant)).
En los años 50 del pasado siglo, la sociedad consideraba un valor de primer orden “La Palabra”, reconocido como tal en los diversos estamentos sociales. “Le doy mi palabra” suponía asumir un compromiso cimentado en el HONOR. De alguna forma, tal valor reconocido con carácter general conformaba una sociedad honorable. Tenía una solemnidad semejante al Juramento y, de forma semejante, comprometía el HONOR de la persona, o sea su valor, su REPUTACIÓN social.
Recuerdo bien que, aún niño, tuve un conocimiento profundo del valor de expresar “te doy mi palabra” o “se trata de una persona honorable”. Esas y otras muchas expresiones sociales semejantes incorporaban el conjunto de virtudes que daban valor a cada persona y a la misma sociedad.
Incluso para remachar y enfatizar la solemnidad del compromiso usábamos la redundante expresión “te doy mi PALABRA DE HONOR” como máxima garantía del compromiso.
Paulatinamente nuestra sociedad ha ido perdiendo el valor del HONOR, el valor de LA PALABRA DADA como COMPROMISO MORAL reconocido por los demás y con efectivos resultados y sociales.
Recuerdo que, terminados los estudios, ya en mi primer trabajo (que lo fue en el sector bancario), se usaban unos impresos para exponer una propuesta de préstamo o de establecimiento de riesgo de operaciones financieras. Tales impresos, inmediatamente tras el nombre del cliente solicitante, teníamos que realizar las siguientes valoraciones:
1º: Solvencia Moral.
2º: Solvencia Económica.
Aspirante a apoderado del banco, interesaba conocer mi valoración de la solvencia, de la credibilidad, en primer lugar Moral, incluso antes que económica de un cliente. Y se trataba de un banco, no de una organización no gubernamental de auxilio social.
Creo que da idea de cómo, incluso alcanzados los años setenta del pasado siglo, el HONOR y LA PALABRA gozaban de un enorme peso social. Hoy, apenas se mantiene el HONOR vinculado a los militares.
La pérdida de esos y otros valores ha ido conduciendo a nuestra sociedad a la degradación que conocemos (y que sufrimos).
¿Existe alguien que crea de buena fe que para alcanzar o defender la LIBERTAD es preciso desprenderse de los valores PALABRA y HONOR?
¿En serio hemos progresado anteponiendo “Solvencia Económica” a “Solvencia Moral” o incluso eliminando ésta última?
Como si tener SOLVENCIA MORAL, PALABRA y HONOR, fuesen obstáculos para el ejercicio de la LIBERTAD, se han arrinconado como características de banderías despreciables opuestas al Paraíso Terrenal. La responsabilidad de los máximos responsables políticos y sociales es imperdonable y la colonización de una gran parte de la sociedad es ruinoso, suicida para una civilización.
Como si una Sociedad (y todos y cada uno de sus miembros) fuese capaz de progresar civilizadamente permaneciendo huérfana de PRINCIPIOS Y VALORES MORALES aceptados y compartidos por la inmensa parte de sus ciudadanos. ¡Una Sociedad fracturada por la ausencia de unos valores comunes que la integren, ordenen, aseguren y estimulen es una sociedad condenada a desaparecer bajo la bota de la esclavitud!
Mi dolor es que España camina desde hace años por ese desbarrancadero sin percibirse de la labor destructiva de sus pastores o asumiéndola como un fatum irreparable (“si vienen a violarte, más vale que te relajes, cierres los ojos, y procures disfrutar”).
CM
28-1-2026