viernes, 30 de enero de 2026

 DON JUAN CARLOS I





Me asombra que ni siquiera aparezca en el circo de suposiciones la de que se use a don Juan Carlos I como un “pin,pan,pun” detestable para socavar solapadamente nuestro sistema de monarquía parlamentaria por uno republicano que tantas y tan profundas desgracias acarreó a España. Hasta percibo ya señales de los primeros venteadores con la pretensión de arrumbar nuestra Constitución.


De don Juan Carlos destaca su crucial aportación al pacífico tránsito a la democracia, su defensa comprometida de la misma y su excelente aportación a la valoración de España en el extranjero. Este es el fundamento.


De sus faltas se ha hecho un charco de refocile y se ha abusado hasta la extenuación de las mismas aprovechando el morbo puritano que su comportamiento también propicia. Esto es lo accesorio.


Pero falta decir que jamás fue condenado por quienes por su profesión y deber hubieran podido y, lo que es aún más importante, fueron (los probados) hechos que en modo alguno supusieron perjuicio apreciable para España.


En fin, don Juan Carlos ha tenido un comportamiento egregio para el bienestar de los españoles en ocasiones y oportunidades enormemente difíciles, delicadas y peligrosas. Y, en ese plano, le debemos gran aprecio, reconocimiento y respeto.


Ahora que algunos pretenden el enfrentamiento y el odio entre españoles, brilla con mayor fuerza el enorme mérito de don Juan Carlos por todo lo contrario: la concordia y la pacífica convivencia entre gentes que pensamos de muy distintas maneras pero que somos capaces de respetarnos y encontrar enormes espacios de colaboración por el bien de toda España.


CM

30-1-2026


miércoles, 28 de enero de 2026

 MI PALABRA DE HONOR

 





“Fuérzame la ley de caballería a cumplir mi palabra antes que mi gusto” (don Quijote)

“Al rey, la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma y el alma es sólo de Dios” (El alcalde de Zalamea)

 

Quien da su palabra deja de ser dueño de ella y pasa a ser propiedad de quien la recibe.

 

En la Antigua Grecia, la diosa PISTIS representaba la Confianza.

En la Antigua Roma, la diosa FIDES toma el relevo de Pistis representando la Fe, Lealtad y Confianza.

En ambas civilizaciones más el Cristianismo (“santificalos en Tu Verdad; Tu Palabra es Verdad”, ora Jesucristo a Dios Padre), hunde sus raíces nuestra civilización.





El Derecho Romano es la base y esencia de muchos códigos Civiles vigentes en occidente, desde luego, el español.

Sigue en vigor el “contrato verbal” entre partes como fórmula jurídica tan válida como el escrito y con idénticas obligaciones y derechos.

La fidelidad y respeto a la “palabra dada” es señal de nobleza, bondad y altura moral y determina el prestigio social (“es persona de palabra”).

 





Lamentablemente ha ido perdiendo valor la palabra conforme en la sociedad se han ido relajando (hasta desaparecer) los valores y principios que sustentaban la calidad de la convivencia porque la vida en sociedad está cimentada en la Lealtad y la Confianza.

Conforme flaquea la Confianza, se dañan las relaciones familiares, se perjudica la amistad, se enturbia la relación vecinal, se obstaculizan las relaciones profesionales, empeora el entendimiento entre naciones y, en definitiva, se degrada la convivencia, seña de identidad de nuestra condición humana.





La Palabra Dada se asemeja al Juramento que, en pureza, significa poner a Dios por testigo del compromiso que se toma. También el Juramento ha ido perdiendo uso al imponerse el criterio “progresista” de estar ligada la Libertad a la laicidad y considerar que la referencia a Dios contrariaba a aquella (absurdo argumento).

Así fue cómo el Juramento fue sustituyéndose por la Promesa, ya como simple expresión de voluntad y no tanto de compromiso.

A mi parecer, el proceso seguido (Palabra dada, Juramento, Promesa) supone claramente una huída del Compromiso y un acercamiento a una “voluntad circunstancial”. Es fácil deducir que, cambiada la circunstancia, desaparece el compromiso.

 

El HONOR en la Antigua Grecia (TIMÉ) era el reconocimiento público y la acreditación para formar parte de la clase dirigente.

En la Antigua Roma (HONOS), se vincula con el coraje y la valentía y representaba el honor militar. Desde entonces la virtud del HONOR quedó firmemente vinculada a la milicia, al ejército.





En la Edad Media constituía una de las más principales virtudes. Menéndez Pidal definió al HONOR como una virtud se se alcanzaba conforme a actos personales y la HONRA era la visión que los demás percibían de esa virtud en el otro. El HONOR era intrínseco al individuo (por méritos propios o por pertenecer a un linaje). La HONRA, más mutable, podía perderse no solo por los actos propios sino también por los ajenos (p.e. el marido “deshonrado” por el comportamiento de su mujer mantenía incólume su HONOR). La individualidad no existía, el individuo estaba supeditado al resto (familia, comunidad, estatus, …). La mujer era la base sobre la que se sostenía el HONOR de la familia o de la casta.

HONRA y REPUTACIÓN son derechos reconocidos por el artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (irrenunciables).

La Constitución de 1978 protege el HONOR en su artículo 12.

En definitiva, el HONOR obedece al principio de la DIGNIDAD DE LA PERSONA (“los seres humanos constituyen fines en sí mismos y no pueden ser utilizados solamente como medios de otras personas” (Kant)).

 





En los años 50 del pasado siglo, la sociedad consideraba un valor de primer orden “La Palabra”, reconocido como tal en los diversos estamentos sociales. “Le doy mi palabra” suponía asumir un compromiso cimentado en el HONOR. De alguna forma, tal valor reconocido con carácter general conformaba una sociedad honorable. Tenía una solemnidad semejante al Juramento y, de forma semejante, comprometía el HONOR de la persona, o sea su valor, su REPUTACIÓN social.

Recuerdo bien que, aún niño, tuve un conocimiento profundo del valor de expresar “te doy mi palabra” o “se trata de una persona honorable”. Esas y otras muchas expresiones sociales semejantes incorporaban el conjunto de virtudes que daban valor a cada persona y a la misma sociedad.

Incluso para remachar y enfatizar la solemnidad del compromiso usábamos la redundante expresión “te doy mi PALABRA DE HONOR” como máxima garantía del compromiso.

Paulatinamente nuestra sociedad ha ido perdiendo el valor del HONOR, el valor de LA PALABRA DADA como COMPROMISO MORAL reconocido por los demás y con efectivos resultados y sociales.

Recuerdo que, terminados los estudios, ya en mi primer trabajo (que lo fue en el sector bancario), se usaban unos impresos para exponer una propuesta de préstamo o de establecimiento de riesgo de operaciones financieras. Tales impresos, inmediatamente tras el nombre del cliente solicitante, teníamos que realizar las siguientes valoraciones:

1º: Solvencia Moral.

2º: Solvencia Económica.

Aspirante a apoderado del banco, interesaba conocer mi valoración de la solvencia, de la credibilidad, en primer lugar Moral, incluso antes que económica de un cliente. Y se trataba de un banco, no de una organización no gubernamental de auxilio social.





Creo que da idea de cómo, incluso alcanzados los años setenta del pasado siglo, el HONOR y LA PALABRA gozaban de un enorme peso social. Hoy, apenas se mantiene el HONOR vinculado a los militares.

La pérdida de esos y otros valores ha ido conduciendo a nuestra sociedad a la degradación que conocemos (y que sufrimos).

 

¿Existe alguien que crea de buena fe que para alcanzar o defender la LIBERTAD es preciso desprenderse de los valores PALABRA y HONOR?

¿En serio hemos progresado anteponiendo “Solvencia Económica” a “Solvencia Moral” o incluso eliminando ésta última?

 

Como si tener SOLVENCIA MORAL, PALABRA y HONOR, fuesen obstáculos para el ejercicio de la LIBERTAD, se han arrinconado como características de banderías despreciables opuestas al Paraíso Terrenal. La responsabilidad de los máximos responsables políticos y sociales es imperdonable y la colonización de una gran parte de la sociedad es ruinoso, suicida para una civilización.





Como si una Sociedad (y todos y cada uno de sus miembros) fuese capaz de progresar civilizadamente permaneciendo huérfana de PRINCIPIOS Y VALORES MORALES aceptados y compartidos por la inmensa parte de sus ciudadanos. ¡Una Sociedad fracturada por la ausencia de unos valores comunes que la integren, ordenen, aseguren y estimulen es una sociedad condenada a desaparecer bajo la bota de la esclavitud!

Mi dolor es que España camina desde hace años por ese desbarrancadero sin percibirse de la labor destructiva de sus pastores o asumiéndola como un fatum irreparable (“si vienen a violarte, más vale que te relajes, cierres los ojos, y procures disfrutar”).

 

CM

28-1-2026

 

 

 

 


viernes, 23 de enero de 2026

 EL PINUS METHŪŠÉLAH

 

El leñador no sabe cuándo expiran

los clamorosos árboles que corta.

(García Lorca)

 

 




En un recóndito lugar secreto de las Montañas Blancas de California existe el ser vivo más antiguo (no sé si viejo) de este mundo. Y, por tanto, cuidadosamente preservado de posibles bárbaras o torpes agresiones de la “inteligente” especie humana.

¿Qué edad se calcula que tiene?: ¡4.918 años!

¿Quién es?: el mayor de los “Pinus Longaeva”, o Pinos Longevos, catalogados como la especie terrestre más longeva.





Nos ilustra el profesor de la Universidad de Granada, García Del Moral, sobre la longevidad de los árboles, asentada en un crecimiento muy lento y en llevar una vida muy monótona. Además, la muerte de un organismo no impide que otros órganos y tejidos sigan viviendo. O, incluso dar lugar a nuevas plantas: una colonia de álamos de Utha, Pando (“Populus Tremuloides”, o Gigante Tembloroso) compuesta por unos 47.000 troncos (que forman un único órgano), unidos por un sistema de raíces interconectadas (conocido como organismo clonal), alcanza la fantástica edad de ¡80 mil años! En general, las plantas son capaces de regenerar tejidos y órganos continuamente (son funcionalmente amortales), al contrario que los animales.

Si la tesis del profesor es acertada, el crecimiento lento y la monotonía serían críticos para alcanzar la longevidad. ¿O no será que la propia perdurabilidad produce monotonía (ausencia de variedad), que no necesariamente debe presuponer aburrimiento? Nuestra dificultad de comunicación con estas plantas impide dar respuesta a la duda.





Pero sí sabemos que lentitud y monotonía son características enfrentadas a nuestra alocada vida actual, tan estrepitosamente ávida de todo lo opuesto: prisa y variedad. ¡Hay líderes que manifiestan la necesidad y bondad de cambiar con frecuencia y rapidez, hasta de criterio! Si a mí me asombra y descoloca, ¿qué pensarán aquellas plantas tan longevas? Supongo que inevitablemente considerarán lo efímero de nuestras vidas, la insignificancia temporal de nuestros criterios, incluso de nuestro tránsito terrestre.

Volviendo a nuestro protagonista, el Pinus Methuselah (o sea, Pino Matusalén), hemos de suponerle salud (y ánimo) para vivir otros 5.000 años. Y puede que lo alcance si sus cuidadores son celosos y eficaces en su labor y lo mantienen totalmente al margen de la especie “inteligente”. Para mí, condición indispensable ya que si el “abuelo” conociera cómo venimos manejando las cosas los “Reyes de la Creación”, estoy convencido de que moriría de asco, de pena, de incomprensión y de fatal sufrimiento. Por incompatibilidad esencial con nuestro concepto de vida.









Aunque también es posible que, a lo largo de su extensa vida, haya podido conocer nuestras humanas correrías y, a estas alturas, esté curado de espantos. Y que sepa que los afanes humanos han ido cambiando haciéndoles irreconocibles unos de otros, pero siempre con el común de obtener el poder para, con las más diversas y contrarias fórmulas, tener a los demás sometidos.





Si bien, probado está que se puede mandar apoyado en otros alineando intereses, construyendo confianza y conseguir su respaldo porque les conviene, no porque se les ordene. La confianza se gana con claridad y credibilidad: si prometes, cumples. Para ello se precisa identificar la ganancia a obtener para quien apoya. Y el reconocimiento al otro en público, estimula.





El Génesis cuenta que el gran patriarca Matusalén vivió 969 años, lo que, en términos humanos se antoja hoy como inalcanzable. Pero sabemos que la Biblia está repleta de alegorías, parábolas y símbolos, de manera que, en el caso de Matusalén lo que quiso indicarnos es que se trataba del patriarca que mayor edad alcanzó. También hoy con la expresión “más viejo que Matusalén” queremos indicar que se trata de una persona de edad muy avanzada.

Recientemente, dos de los hombres más poderosos del momento actual (Putin y Jinping) charlaban sobre su oportunidad de vivir (mandando) hasta los 150 años. Supuestamente aún quedarían muy lejos de Matusalén y éste aún mucho más de nuestro Pino Matusalén.

La majestad de nuestro escondido Pino invita a vivir nuestra vida con menos prisas y mayor estabilidad para conseguir alargarla.








Pero ¿tiene interés real alargar la vida sin más? Yo no lo creo. Porque resulta esencial introducir el ambiguo concepto de “calidad de vida” (salud, satisfacción espiritual, bienestar material, relaciones sociales, medio ambiente y seguridad), que la concreta cada individuo.


Dios permita que se siga alargando la vida del Pino Methūšélah, bien oculto en las Montañas Blancas, ya que considero que llevar vividos casi cinco mil años es prueba contundente de que goza de una estupenda calidad de vida.


¿Y para los humanos qué proponemos?

 

CM

23-1-2026