sábado, 15 de agosto de 2026

 INTERESES, AMORES Y TRAICIONES

(Un relato de invenciones y verdades)

 





Una muy superficial aproximación a lo que fue el reinado de los VISIGODOS en Hispania, me condujo a deducir (quizás con acierto) que la controversia planea sobre los más insignes historiadores. Y que, además, una espesa niebla tiende a desfigurar e incluso ocultar los hechos de la época.

Me confieso un vulgar curioso que, intentando sacar provecho de controversias y nieblas históricas, pretende colarse en el atractivo espacio de las invenciones, y leyendas, y de personajes históricos, legendarios o inciertos que tuvieron relevancia (o pudieron tenerla) en la historia de nuestra querida Iberia, Hispania o España. Admítaseme licencia de fantaseador.

 

Entre los numerosos personajes de Hispania entorno a las proximidades de 1700, tiene especial relevancia don PELAYO. Seguramente un noble visigodo comprometido con el Rey Rodrigo (tenido por el último de los visigodos) y oficial destacado de su ejército.

El conde don Julián, fue un muy considerado gobernador de la importante plaza fuerte visigoda de Ceuta, que defendió triunfante de las muy diversas acometidas de muy distintos interesados africanos por su posición estratégica en el control del Mediterráneo.

Don Rodrigo, el último de los reyes visigodos. Pertenecía a una de las más nobles familias visigodas enfrentadas de antiguo con los witiza con quienes rivalizaban en tierras, riquezas y poder. Obtuvo un importante apoyo de nobles y clero que decidieron “acelerar” la sucesión de Witiza.

Dos importantes y prestigiosos generales musulmanes fueron claves en la caída del reinado visigodo. Musa, antes político que militar, era gobernador en el norte de África y Tariq, su aguerrido lugarteniente.

El obispo de Toledo don Oppas, importante terrateniente como miembro que era de la enormemente poderosa y rica familia del rey Witiza, estaba también adornado de especiales cualidades de flexibilidad de criterio y habilidad de negociación.

En la gobernación de los reyes visigodos, los enfrentamientos, guerras y traiciones fueron circunstancias habituales por el afán de poder. El rey Recaredo I convierte al reino al catolicismo, procurando la unidad religiosa y política entre hispanorromanos y godos (hoy sería defenestrado), oficializado en 589 por el III Concilio de Toledo. Los Concilios fueron asambleas mixtas de poder político y poder religioso (el rey, los obispos, abades y nobles del reino): funcionaban como parlamento, tribunal constitucional y sínodo episcopal.

Desde el 622 (Hégira de Mahoma de la Meca a Medina), los musulmanes tuvieron una expansión enormemente rápida desde la península arábiga (favorecida por la debilidad del imperio bizantino), ocupando en pocos años el norte de África, Irán, y parte de Asia.

Ptolomeo (siglo II) señala que los “astures” habitaban la zona central de la actual Asturias, entre los ríos Navia y Sella. El origen del reino Astur se sitúa hacia el 718 con la elección de don Pelayo y estableciendo su capital en Cangas de Onís, a escasos nueve kilómetros de Covadonga (Cuadonga), gruta sagrada dedicada de antiguo a la diosa Deva (diosa madre) que da nombre al río que allí nace y más tarde muy principal centro mariano de la cristiandad dedicado a la “Santina”, nuestra Señora de Covadonga.

 



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LOS INTERESES DEL CONDE DON JULIAN




Nos situamos en los últimos años del siglo VII, reinando Vitiza en Hispania. Eran tiempos convulsos, de enfrentamientos entre las propias familias nobles visigodas a más de guerras con los rudos vascones y de gran miseria en el pueblo llano, hambrunas por malas cosechas repetidas, peste y desesperación de un pueblo sometido a injustos tributos por el poder.

Nobles contrarios a Vitiza lograron arteramente llegar a sus cocinas y envenenar su vino con un indetectable y eficaz veneno que ingirió generosamente, como solía. En pocas horas no había rey pero sí grupos dispuestos a todo por sustituírle.

Aunque en esa época el sistema político era una monarquía electiva, era común que surgieran desencuentros por el afán de los reyes de mantener su linaje. Las distintas familias nobles hacían las veces de los actuales partidos políticos con idéntica intención de estos: el poder, la riqueza y el sometimiento del pueblo.

Fue el caso que don Julián, hábil y poderoso gobernador de Ceuta, deseaba medrar en la corte, pero tenía intereses encontrados con el reinante Witiza. Confiaba por tanto en las futuras opciones de alcanzar el poder regio por parte de don Rodrigo con quien mantenía una buena relación.




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LA BELLA UTILIZADA



Florinda, hija de don Julián era una joven doncella de belleza asombrosa. La bella participaba de las ambiciones del padre, despreciaba la sociedad del Magreb (Poniente) y soñaba con vivir en la península.

-Queridísima hija -le habló muy en privado el conde gobernador a Florinda- muchas vueltas le he dado a cómo alcanzar mayor posición que la que tenemos que permita que tu futuro luzca como merece tu hermosura y conocimiento. Para ello es imprescindible tu colaboración.

-Padre mío -respondió la encantadora joven- sabes que sea cual sea tu pensamiento, estoy cierta de que será el mejor y, así, será el mío.

Con tan total aquiescencia, continuó el conde:

-Será preciso que te traslades a Toledo con el servicio necesario. Para ello, compraré una hacienda que sea lo más próxima posible a la de don Rodrigo porque creo que ha de ser a través de él que alcance el objetivo de situarnos donde merecemos. Nuestra relación es más que correcta, pero insuficiente. Él debe ser nuestra puerta de entrada …

-Creo ver tu brillante idea padre -cortó la hija- y a tal efecto habré de dedicar cuanto sé y aparento (se contoneó levemente) a conseguir la necesaria aproximación con don Rodrigo. Que, por otra parte, en la ocasión en que nos visitó me pareció un hombre encantador que no dejó de mirarme con interés. Mas, yo te prometo padre que haré que ese interés vuele como el águila.

Con la promesa, la joven se abalanzó a besar la mano de su progenitor con aparente humildad. Marcado con claridad el camino, la conversación entre padre e hija se extendió algún rato por tales derroteros.

 

  

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AMORES Y DESAMORES




No mucho tiempo más tarde la bellísima Florinda se instalaba con sus sirvientes en una ajardinada y umbría hacienda de Toledo a los pies del palacio de don Rodrigo.

Pronto fue el noble quien solicitó permiso de visitar a dama tan singular y llamativa. La entusiasmada respuesta de la solicitada llegó enseguida al caballero.

Pocas debilidades se le conocían a don Rodrigo. Pero sí tenía bien probada su gran afición por las bellas damas. Quedó concertada la visita en la media mañana del tercer día. ¡Qué escasos encuentros placenteros como el de aquella visita primera!

No tardó la pareja en convenir la necesidad de abrir un franco, pero disimulado paso entre ambas fincas y quiénes deberían ser los sirvientes de confianza y lealtad indudables que hiciesen la labor de alcahuetes.

Roces en apariencia casuales, audaces caricias y besos apasionados fueron apareciendo entre los jóvenes de forma natural.

-Te haré mi reina, la reina de Hispania -musitaba la voz entrecortada del amante en tanto sus labios apenas rozaban el cuello de Florinda y sus manos expertas soltaban una de las fíbulas que sostenía en su hombro su tenue túnica de lino- No habrá día más glorioso que el de nuestros esponsales …

Quedó en suspenso cuando cayó la tela liberada del otro hombro por los delicados dedos de la bella. ¿Bella?, cuán corta quedaba tal palabra ante el magnífico cuerpo a cuyos pies había caído el único velo que lo hurtaba a la vista.

Derrotado quedó don Rodrigo por aquel prodigio de belleza que, temblorosa, había tomado la iniciativa y conducido las fuertes y recias manos del caballero a cubrir los tesoros de sus vírgenes senos. Fue entonces su boca la que, con voluntad propia se hizo dueña de la que la joven le ofrecía.

-Esposo mío -gimió la hermosa según se recostaba en un diván y quedaba expuesto aquel divino cuerpo a Rodrigo- mi alma entera también queda presa de tu voluntad.

Yacieron con hondo gozo ambos amantes cuantas veces les dio oportunidad el obligado decoro y las ansias que para tales menesteres pone la juventud. No dejaban de soñar planes para cuando Rodrigo alcanzara la real corona y se casaran.

Don Julián conocía con detalle suficiente lo que a sus deseos importaba: ¡suegro del rey! Y ya comenzaba a indagar palacios y haciendas que a semejante honor correspondieran. Sin esfuerzo consiguió ignorar el precio a pagar por Florinda para lograrlo. Es más, convencido se decía que no existía tal precio ya que era patente la felicidad de ella.

Las premuras de la sensual pareja hubieron de atemperarse porque don Rodrigo se centró en la manera de asegurarse el trono. Para ello fue haciéndose con los apoyos necesarios entre muchas de las familias nobles y gran parte del clero. Una gran ayuda fue la muerte forzada del joven rey Witiza de cuya gestión tomó parte lo suficientemente distante y oculta para que nadie pudiese denunciarle. Se allanó también el camino por la corta edad de los tres hijos del rey fallecido. Sea como sea, don Rodrigo fue proclamado rey el uno de marzo de 710. Inmediatamente fue disputada su elección por los partidarios de la familia witiza generándose una auténtica guerra civil que resquebrajó la unidad y debilitó más al reino.





Pasaba el tiempo y Florinda no veía llegar el momento de que don Rodrigo la atendiese y que, cumpliendo su promesa, se realizase el casamiento. De manera que forzó un encuentro.

-Rodrigo es tiempo de que comencemos los preparativos de nuestra boda- le planteó Florinda con cierta tirantez.

-Mira Florinda, ni es ocasión ni es momento ni es oportuno que vaya a ocuparme de tal asunto teniendo tantos otros de gravedad importante -respondióle don Rodrigo con cierto tono de ira- Ya encontraremos tiempo de hablar de esos temas. Mientras, no me vengas con agobios, te lo ruego.

-¿No tienes más que decirme Rodrigo?

-Te repito, otros asuntos requieren toda mi atención. Quizás algún día me plantee el matrimonio. Porque muchos son los compromisos que habré de cerrar asegurando mi corona. Y sí, no tengo más que decir. Ahora he de retirarme.

Florinda quedó petrificada ante la frialdad con la que Rodrigo pulverizó todas las ilusiones, todos los sueños que juntos habían creado. De los que había hecho partícipe a su padre.

Se retiró con presteza, con el desánimo más profundo dueño de sus emociones y sus sentimientos hundidos bajo un hiriente manto de cólera. Indignación por las esperanzas destruidas, por el cruel engaño, por su torpeza al no intuirlo y por las falsas expectativas trasladadas a su propio padre . El paso del amor al odio es muy a menudo sutil y el tamaño del uno contagia al otro.

Enjugándose lágrimas de rabia y desconsuelo y envío rápidamente a Ceuta un correo con una nota gélida: “todo mentira”.

 

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VENGANZA Y TRAICIÓN

Don Julián dispuso de inmediato el regreso de la desdichada Florinda, al tiempo que solicitaba ser atendido con urgencia por Musa Ibn Nusair, gobernador de las provincias del norte de África del imperio Omeya, para tratar un “asunto grave”. Con Musa hacía años que mantenía una fluida relación comercial que a ambos beneficiaba. También tomó contacto con los simpatizantes del asesinado Witiza en Sevilla.

Actuó don Julián con tal rapidez que en cinco días se presentó en el obispado de Sevilla, donde ya le esperaban. Allí coincidió con don Oppas, obispo de Toledo que se encontraba en la ciudad sondeando las posibilidades de derrocar al rey don Rodrigo.

-Monseñor Oppas, es una sorpresa y un gran honor encontrarle cuando un severo asunto me trae a Sevilla.

       -Igualmente me satisface éste fortuito y con toda certeza muy próspero encuentro. En un rato me reúno con gentes de nobleza y respeto con el ánimo de encontrar una solución al conflicto que ha suscitado la proclamación de don Rodrigo y que tantos daños está procurando a nuestra tierra. Será de enorme interés las aportaciones que usted pueda hacer participando en la reunión.

       -Agradezco y valoro con largueza su invitación Monseñor. Allá expondré mis cuitas y propuestas con el respeto debido a cuantas personas participen en el encuentro.

La sala del obispado sevillano que albergaba el pequeño y secreto congreso era amplia y alegre, de altísimo techo y doblemente encabezada por formidables dobles puertas. Se habían dispuesto unas largas mesas cubiertas por ricos paños que formaban un cuadrilátero irregular adaptado a las formas de la estancia.

Se hallaban ya sentadas diez personas que apenas ocupaban la mitad de las largas mesas. En la cabecera, el señor obispo de Sevilla que, entrando los dos nuevos asistentes, de inmediato se levantó y se dirigió a saludarles y ofrecerle a don Oppas la presidencia. No fueron precisas presentaciones pues todos eran personas de alcurnia y sobradamente conocidos.

Tomó la palabra monseñor don Manuel Arias y Porres, reciente obispo de Sevilla por el fallecimiento de monseñor don Jaime de Palafox y Cardona, al figurar como anfitrión del importante encuentro.

       -Ilustres caballeros, bienvenidos sean a esta crucial reunión impelidos por la grave situación que sufre el reino desde el nombramiento como rey de don Rodrigo y los gravísimos enfrentamientos que desde tal momento asolan nuestras tierras. Es nuestro deber arbitrar las medidas que pongan coto a semejante atrocidad. A mi mejor entender es de justicia considerar que, habiendo sido abatido nuestro señor Witiza de forma ladina y cobarde por quienes auparon hasta la corona a don Rodrigo, rey desde entonces de la Bética, se hace preciso reparar semejante crimen e injusticia de la forma que se convenga más oportuna y práctica. Será de interés escuchar el punto de vista del conde don Julián dado que, hasta ahora, ha venido manteniendo una cierta relación con simpatizantes de don Rodrigo.

       -Agradezco sobremanera su hospitalidad monseñor Arias y Porres -habló el conde don Julián- y a todos cuantos aquí están reunidos, patriotas declarados por su compromiso con el reino. Es públicamente conocido mi desencuentro con el fallecido rey Witiza por cuestiones de intereses encontrados que no tiene caso rememorar. Lo que jamás me llevó a perder la lealtad hacia nuestro rey. Aunque sí me empujó a aproximarme a personas más alejadas de Witiza y, por tanto, cercanas a don Rodrigo pensando que sería persona de gran dignidad y sentido de la justicia. Por acontecimientos recientes solo puedo deciros que no es persona de fiar y que carece de las condiciones mínimas para ocupar la corona del reino. Sé de lo que hablo por una experiencia personal de la que naturalmente no hablaré pero que me hace ser firme en la necesidad de deponer urgentemente a quien carece de las virtudes de un verdadero caballero.

       -Contundente y clara su declaración conde don Julián -intervino monseñor don Oppas-, al punto que estimo que elimina las últimas reservas que pudiésemos tener sobre el particular puesto que era el único de esta asamblea de quien pensábamos que pudiera tener un criterio divergente. Yo, como saben, pertenezco a la familia del asesinado Witiza y tengo la obligación de defender los derechos que al trono corresponden a sus hijos Olmundo, Artobás y Rómulo, de quienes soy tutor por ser menores. Y tal obligación estoy dispuesto a cumplirla a cualquier precio.

Se produjeron a continuación intervenciones del resto de presentes, todos ellos en la necesidad de derrocar a don Rodrigo y defender la causa de la familia Witiza, pero también dudosos de la manera ya que el actual rey disponía de la mayor parte del ejército.





Fue aquí donde el conde don Julián retomó la palabra:

       -Señores, es obvio que entre todos no conseguimos juntar fuerzas bastantes contra las de Rodrigo. Es por ello que me anticipé a tomar contacto con el general omeya Mūsá ibn Nušair, gobernador de las provincias del norte de África. Tenemos un buen trato personal de antiguo. Tanto él como su lugarteniente Tāriq ibn Ziyād disponen de un ejército poderoso con el que han venido realizando muy exitosas campañas bélicas extendiendo el poder Omeya. Es gente avezada en el comercio por lo que se me ocurrió que bien pudiésemos lograr un acuerdo por su apoyo bélico para nuestro objetivo. Con lo que aquí se disponga me ofrezco a trasladárselo en encuentro que tengo concertado esta semana en Tánger.

Se procedió a continuación a debatir la conveniencia de contar con los infieles para restaurar a la familia Witiza en la cabeza del reino. Aunque nadie presentó una oposición total a la idea, sí se plantearon dudas sobre el coste y alcance de la supuesta colaboración. Y también, de qué manera ordenarían el comportamiento de las tropas propias ante una probable batalla. Finalmente fue don Oppas quien tomó la palabra:

       -Es claro señores que hemos de intentar el apoyo musulmán por la insuficiencia de nuestras tropas ante un enfrentamiento con don Rodrigo. Por otro lado, podría ser justo ofrecerles como botín de guerra algunas de las grandes propiedades que sean de don Rodrigo y sus simpatizantes. Personalmente, deposito mi confianza en don Julián para que acuerde lo que mejor estime dentro de estos términos. En cuanto al papel militar de los nuestros, se me ocurre que, en su momento, ofrezcamos a don Rodrigo hacernos cargo con los nuestros de las alas del ejército dejando para él la deferencia de dirigir el cuerpo central del mismo. Ello nos permitiría dar orden de retirada en el momento que nuestros capitanes considerasen más adecuado. Así, la tropa de don Rodrigo se enfrentaría sóla contra las huestes sarracenas. Con ello creo que evitaríamos batallar nosotros contra el rey.

(Hoy, el grupo prorrumpiría en un estruendoso e interminable aplauso. Tal es la rareza de que la deslealtad, la traición, no vaya acompañada de la estulticia y la zafiedad).

Los ilustres se limitaron a agradecer las sabias conclusiones de don Oppas que resumían con justeza lo tratado y ofrecía la solución de eliminar al rey sin enfrentarse a él. Y, a fin de cuentas, las manos musulmanas matan igual que las cristianas.

 

 

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INVASIÓN

Llevaban un buen rato de apacible y amistosa conversación. Tres eran los que, entre ricos almohadones y gruesas alfombras, saboreaban un exquisito té y relataban sucesos curiosos, pero no trascendentes y situaciones ridículas que estimulaban sus espontáneas risas: Mūsá ibn Nušair, el anfitrión, Tāriq ibn Ziyād, su hombre de confianza, y don Julián, el gobernador de Ceuta. Apaciguadas algo risas y anécdotas, fue Mūsá quien, con un suave cambio de tono, habló:

       -No encuentro palabras para agradecer su visita y elocuencia, don Julián. De siempre me satisfizo charlar y tratar con un amigo de su categoría. Aunque, como me anunció, su visita responde a un asunto grave. Siendo así, estamos a su disposición, no sólo para escucharle en cuanto desee compartirnos, sino también le adelanto nuestra predisposición para ayudarle en lo que fuera posible y procediera. Quedamos atentos a cuanto desee decirnos.

El conde don Julián pasó a exponer el plan aprobado en Sevilla en todo lo tocante al interés y posible participación de sus interlocutores. Muy en resumen, la propuesta de que su ejército penetrase en la península Ibérica para enfrentarse a las fuerzas del rey don Ramiro con el apoyo de otras fuerzas cristianas del interior. Como pago, recibirían derecho del natural botín y saqueo de pueblos o ciudades afectados en la refriega más unas plazas y territorios cuyas precisiones quedaron pendientes de determinar, una vez establecido un tope global de unas cien mil yugadas (25 mil hectáreas aproximadamente) de tierras de labor, con sus correspondientes sirvientes, acémilas y aperos.

       -Tan sólo es necesario hoy que precisemos con qué medios podemos contar para atravesar el estrecho. Y cuál sería el calendario deseable, considerando que necesitaríamos tres semanas para apertrechar convenientemente nuestra tropa- intervino Tāriq ibn Ziyād.

       -Las naves para el paso del ejército serán las mías. Yo personalmente me haré cargo de acondicionarlas convenientemente para la empresa. En cuanto a la fecha, debería ser en la próxima primavera, embarcando principalmente en el puerto de Ceuta y destino en Gibraltar y bahía de Iulia Traducta (Algeciras).

 





Según las crónicas, Tāriq desembarcó en marzo del 711 con un ejército de unos 7000 hombres (bereberes mayoritariamente) y se asentó en el peñón de Gibraltar. De inmediato comenzó a saquear ciudades y zonas de la baja Andalucía. Le favoreció que don Rodrigo, con su ejército, andaba batallando por Pamplona contra los vascones, conforme le había adelantado don Julián.





Entorno al 20 de julio del 711 se enfrentaron en sangrienta batalla el ejército visigodo encabezado por don Rodrigo y el musulmán dirigido por Tāriq en la actual provincia de Cádiz, entre el río Guadalete y la laguna de la Janda. Conforme se había acordado, en un momento crítico de la batalla se retiraron los flancos del ejército cristiano que resultó rotundamente vencido por el musulmán. Allí perdió la vida don Rodrigo.





Los sarracenos, lejos de retirarse conforme a su compromiso con don Julián, progresaron rápidamente en la invasión del territorio hispano. En el 712 Mūsá, al mando de un ejército de 18000 hombres se unió al de Tāriq. Los comprometidos aliados de la traición cristiana, encontraron las puertas abiertas para una invasión en regla que permitiese continuar la expansión del imperio Omeya y la desaparición de la Cruz sustituida por los blancos banderines de la dinastía de Damasco . Ocuparon sin apenas resistencia Carmona, Sevilla, Mérida, Toledo, el valle del Ebro, Galicia y Asturias (salvo lo que más adelante se dirá). Muchos hispanorromanos y judíos recibieron con simpatía a los invasores, porque les ofrecían unos tributos enormemente inferiores a los que les tenían asfixiados los visigodos y porque, inicialmente, respetaron leyes, costumbres y religión de los invadidos. En menos de tres años, los musulmanes habían ocupado la casi totalidad de la península y penetraron en territorio galo.

 

 


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FIN Y PRINCIPIO

El reino visigodo, que tantos años llevaba corroído por peleas internas y corrupción, se desmoronó. 





Pero no olvidemos que los visigodos nos legaron en 654 (Recesvinto) un enorme monumento legislativo, el Fuero Juzgo (Lex Gótica), 500 leyes en 12 libros, el que establecía la permisión de los matrimonios mixtos, la igualdad entre godos e hispanorromanos, autorizaba el divorcio, y el que estableció “Rey serás si hicieres derecho y si no hicieres derecho no serás Rey” o “La potestad de los Reyes, como la libertad de los pueblos, deben sujetarse al sagrado decreto de la ley”. El Fuero Juzgo se mantuvo vigente hasta la aprobación del código civil a finales del siglo XIX.

Entre los muchos caballeros víctimas de la derrota se encontraba el noble don Pelayo. Aunque ligeramente herido y acompañado por una docena de sus fieles, se encaminó rápidamente hacia Toledo, donde le aguardaban su esposa Gaudiosa y sus dos hijos Favila y Hermesinda. En pocos días, encabezando un grupo de unas treinta personas, emprendieron camino hacia Cangas de Onís, donde tenía una propiedad que solía visitar regularmente. Frente a la general sumisión, de la mente y el corazón de don Pelayo solamente salía “resistencia, rechazo, lucha y defensa del cristianismo”.

Llegados a Cangas de Onís, se establecieron. Sin pérdida de tiempo se puso en contacto con los prohombres del lugar. Encontró en todos ellos igual ánimo de lucha y defensa de su tierra. Gentes llanas, hospitalarios y cercanos, de sinceridad frontal, orgullo, amor a su tierra, humor socarrón, recios y fuertes.

En Pelayo se juntaban bonhomía, liderazgo y dominio de las más avanzadas estrategias y tácticas bélicas y una sólida y honda fe religiosa.





Estudió a fondo el terreno con los astures, sus pasos, sus puntos críticos y sus debilidades. Se ocupó de que los herreros del lugar forjaran espadas, lanzas, puntas de flechas y dagas conforme a los cánones más actuales. Y comenzó, junto con sus hombres, a instruir en el arte de la guerra a sus nuevos vecinos.

Extendió los principios jurídicos del Fuero Juzgo en la vida de los astures.

Le llegaron noticias de que un ejército moro se dirigía hacia ellos con intención de doblegar a la única tierra de la península que se les había resistido.

El valí omeya Otman ben Neza (Munuza) pretendió someter a los astures a los tributos “jaray” y “yizia”. Pelayo reunió a los principales del lugar a quienes planteó que la única posición digna era negarse al sometimiento y combatir al invasor rogando la ayuda de la Virgen María.

Se abrió un vivo debate en el que, finalmente, todos concluyeron que necesitaban un rey y que, sin duda alguna, debía ser don Pelayo. De tal manera fue elegido en 716 primer rey de Asturias.

Pelayo consiguió formar un pequeño ejército de más de 300 hombres. Duros, fornidos y comprometidos con su tierra y su rey Pelayo.

Exploró el monte Auseva, los desfiladeros entre altísimos roquedales y la situación de una cueva, a la que se accedía a través de una larga gruta, desde la que se dominaba los posibles pasos entre las agrestes y formidables montañas. Decidió que la cueva era un lugar ideal para situar el puesto de mando de la resistencia.

Al tiempo le llegaron noticias de la aproximación de un ejército musulmán que se había reforzado con tropas cordobesas al mando de Otman ben Neza. Y se quedó estupefacto cuando, ya próximos a Cangas de Onís, le solicitaron que recibiese al obispo don Oppas para parlamentar. ¡El obispo, en el bando de los invasores, de los sarracenos!

       -Tengas buena y larga vida don Pelayo. Ya aprecio que has encontrado amable acomodo en estas escarpadas y salvajes tierras- le saludó don Opas.

       -Un momento monseñor, escarpadas tierras sí, pero salvajes no. Nuestro señor Jesucristo las ampara y su Madre, Nuestra Virgen las cuida y ama. Estas gentes son cristianas y libres. Que, por cierto, mucho me sorprende que monseñor se encuentre con el ejército de quienes nos invadieron y sometieron.

       -Mirad don Rodrigo, los caminos del Señor son inescrutables. Y sí, es verdad que estas gentes nos invadieron por la fuerza, pero también lo es que están respetando nuestras creencias y costumbres y que sus exigencias tributarias son ciertamente livianas y ventajosas.

       -Cierto será cuanto dice monseñor -contestó don Pelayo- pero yo no reconozco más señor que a nuestro Señor Jesucristo y me reconozco como hijo y súbdito de Nuestra Señora. Y a nadie más me someto ni reconozco por encima. Y teniendo sobre mis hombros la responsabilidad de estos pueblos, como Rey a ellos me debo, su libertad defiendo, y todos, yo el primero, nos regimos sometidos a las leyes del Fuero Juzgo. Como veis, monseñor, no hay cabida para que nos sujetemos a quienes ocuparon nuestras tierras y que, personalmente, me encuentro obligado a reconquistarlas.

       -Muy bien os entiendo don Pelayo. Pero reconocedme que, de manteneros enfrente, os encontráis con un muy poderoso ejército, dueño ya del resto de Hispania, contra el que, hoy por hoy, no hay fuerza que se le oponga. Y, siendo así, no habrá problema en que, si sometéis vuestros dominios, os compensen con dignidades y haciendas de valor indudable y se encuentre para vuestros hijos dignidades y haciendas que hoy sería difícil soñar.

Don Pelayo se mordió la lengua y dejó pasar unos segundos eternos antes de contestar a don Oppas.

       -Le debo reconocer sus mejores intenciones -le contestó finalmente don Pelayo-, las que sin duda evitarían mucha sangre y desconsuelo, pero “Nuestra fe está en Cristo; de este monte saldrá la salvación de España”. Aquí está el germen de la futura España, libre y cristiana. En cuanto a otros bienes que puedan ofrecerme, he de decirle con todo respeto monseñor, que ninguno puede acercarse a los bienes que proporciona el alma en comunión con Dios y con la tierra que nos proporcionó.

Dio don Pelayo por terminado el encuentro y, levantándose se acercó a don Oppas con cuidado respeto, pero sin reverencia.

       -Como bien decís, hondo dolor me produce no poder evitar mucha sangre y desconsuelo -dijo mientras se incorporaba con manifiesto gesto de disgusto por no haber conseguido el objetivo de la misión encomendada (y, por tanto nuevas prebendas), a más de haber tenido que escuchar valores y principios que en algún día lejano de los tiempos pudo compartir.

 




Se aprestaron pues a la batalla el 28 de mayo del 722. Como queda dicho, ocupó el escaso ejército de los trescientos de Pelayo (escasos en número, pero enormes en espíritu y fe en la victoria), posiciones estratégicas en el angosto valle de Cangas, en las laderas escarpadas del paso a Covadonga y en los entornos de la misma gruta. O sea, donde un atacante ordenado carece de espacio para maniobrar y pierde la eficacia que el número y organización podían





El enfrentamiento se saldó con una derrota sin contemplaciones del ejército sarraceno, en el que perdió la vida Al Qama y, en la desordenada huída hacia Gijón, las tropas invasoras tuvieron muy importantes pérdidas incrementadas por el desprendimiento provocado en las laderas junto a Cosgaya, ya en Cantabria.

Fue la primera victoria cristiana desde la derrota en el Guadalete.





La fundación del reino independiente de Asturias, el personaje carismático de su primer rey, PELAYO, la alianza entre los astures y los visigodos refugiados, fueron la semilla sobre la que germinó la Reconquista, iniciada por los astures de Pelayo entorno al 720 y finalizada por los ejércitos de los Reyes Católicos el 2 de enero de 1492.

 





Muchos mantenemos el respeto a nuestros principios y creencias y el amor a una tierra siempre sujeta a intereses, amores y traiciones, pero también con Pelayos capaces de defenderla hasta en las más criticas circunstancias, tras la cruz de la victoria.

 

CM

15-8-2026


PS

Una de las más valiosas herencias de nuestros antepasados es poder conocer sus vivencias y experiencias y aprender de ellas. Con frecuencia nos dan las claves para resolver encrucijadas de hoy. 

Claro que, para disfrutar de tan valiosa herencia se precisa:

a) Respetar y estimar a quienes nos precedieron.

b) No ser un ignorante del pasado.

c) No ser un profundo imbécil.

Tengo la convicción de que no son pocos los que ni respetan ni estiman a quienes les precedieron.

También creo que aún son más los ignorantes de las vivencias de nuestros ancestros.

Y, finalmente, me temo que el grupo de imbéciles es el más abundante de los tres.

A nivel del individuo de a pie, es muy de lamentar carecer del tesoro de anteriores experiencias, sea por desinterés, por ignorancia o por estupidez. Y es un deseable objetivo colaborar a que alguno de esos ciudadanos puedan interesarse, informarse o sacudirse la “tontuna”, de no ser incorregible.

Pero a nivel colectivo es determinante que aquellos individuos carezcan de un peso social que haga a la sociedad fallida.

Y a cualquier nivel, es intolerable que quienes padezcan de tal atrofia tengan suficiente poder para someter a los demás.

No es preciso remontarse al siglo VIII, basta con el suceso de la “marcha verde” de 1975 que ocupó por la fuerza el Sáhara español, para saber que tenemos un vecino, Marruecos, con el que hay que andarse precavido porque demostrado tiene que puede “liarla parda” en cualquier momento.

Imbécil total es el que teniendo, puerta con puerta, un vecino que reclama la propiedad de la vivienda del imbécil, le facilita al reclamante un juego de llaves de su piso o deja sistemáticamente abierta la puerta para que sea el reclamante quien decida cuándo y para qué pasa.

La propiedad exige defenderla. Igualmente, la Patria exige defenderla.

Nuestros “desgobernantes” ya han demostrado en qué podemos contar con ellos. No nos valen. Ceuta es España, donde tenemos como vecino a Marruecos. Nuestro “desgobierno” le ha hecho entrega de la llave de nuestra casa a tal vecino; incluso le deja la puerta abierta para que pase cuando quiera, a lo que quiera. Ha pasado y está sucediendo de todo y malo: nuestra casa ocupada por la fuerza, la pulcritud inexistente, la nevera tomada y la seguridad inexistente, ¡en nuestra casa, en nuestra patria!

El vecino era sobradamente conocido, salvo para indiferentes, ignorantes e imbéciles. En esos grupos están “nuestros” “desgobernantes”.

La cuestión es:¿cómo recuperar a “toda pastilla” el poder que le entregamos a este “desgobierno”, aunque solo sea para defender nuestra propiedad, nuestra Patria.




 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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