lunes, 6 de octubre de 2025

 FE, CONFIANZA Y ESPERANZA

¡Auméntanos la Fe, Señor! (Lucas 17:5)

 





Sobre el Evangelio del pasado domingo 5 de octubre, don Enrique Calvo nos pasó a sus antiguos alumnos una homilía que me afectó. Don Enrique fue nuestro profesor cuando teníamos nueve años. Aquel lejano y querido recuerdo se ha actualizado en un apreciado amigo totalmente lúcido y activo en nuestro whatsapp grupal que nos obsequia con las más diversas exquisiteces (ciencia, museos, arte …) y, los domingos, con una homilía sobre el evangelio del día.

Con la última me llegó una bocanada de aire puro y fresco en un momento muy adecuado para mi ánimo decaído tanto por las circunstancias de mi entorno inmediato como por la agresividad y el odio que de este mundo nos transmiten los medios de comunicación constantemente.

Lo cierto es que la homilía arrasó con la negatividad de mi talante y relativizó en cierto aspecto los horrores de guerras y salvajadas conque nos nutren a diario. Sí, algún pasaje de la Biblia parece referido a las más actuales y cruentas guerras.

En cierto sentido actuamos diariamente ejercitando nuestra Fe, nuestra certeza en lo que no vemos ni tenemos comprobado. Para mí un ejemplo “chusco” puede ser viajar en avión. No tengo la menor idea, ni me planteo, cuáles puedan ser las leyes físicas por las que se mantenga en el aire un objeto evidentemente más pesado que aquel. Tampoco entro en consideraciones sobre si está totalmente demostrado que es el medio de transporte de menor riesgo. Simplemente subo al avión con la fe ciega en quienes sí saben que me va a transportar al destino deseado, aunque pese más que el aire (científicamente no llego más allá).





Pues bien, tengo Fe en Dios, más allá de los límites de mi razón y más allá de cuantos se han planteado su existencia. Creo en Dios porque me lo exige mi espíritu. Y en esa exigencia encuentro certeza y consuelo. Y por tener esa Fe me encuentro profundamente agradecido. ¡Claro que no es racional, es puramente espiritual, emocional! Desde luego que la educación que recibí me condujo, me abrió las puertas a creer. Pero la aceptación es estrictamente personal. También el camino de enseñanzas que señalamos a nuestros hijos tomaba la dirección de creer, de tener Fe. Pero la aceptación, o no, fue rigurosamente suya. En mi prolongada vida, la observación me ha llevado a que gozan más o, sobre todo, se angustian menos quienes poseen la Fe en Dios que quienes no la poseen. Si convenimos que el objeto principal de la vida es ser felices, apuesto que la Fe religiosa es muy útil para tal menester.





Nacida del mismo tronco que la Fe, la Confianza opera como una especie de soporte y activador fulminante de aquella. La Confianza es activa, afianza o debilita a la Fe. Creo tener Fe en mí mismo pero el discurrir de la vida, mi forma de afrontarla y los resultados que obtengo me hacen alimentar o dudar de la Confianza en mí mismo. De forma semejante se puede ir modificando mi Confianza en los otros (y en lo otro) en el camino de la experiencia de forma que, si se debilita o quiebra, arrastra mi Fe en los otros (o en lo otro). Una crisis de Confianza desemboca inevitablente en una crisis de Fe.

En la Confianza se miden las propias capacidades para afrontar la vida. En la Esperanza se miden las posibilidades de un futuro positivo.

Con los Apóstoles también yo pido a Jesucristo que active mi Fe (pequeño grano de mostaza) generándome Confianza y también le pido Esperanza para mejor superar los baches y obstáculos de la vida.

Y agradezco a don Enrique hacerme llegar tan buen aliento.

 

CM

6-10-2025


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