AL FINAL, ROCURONIO
Ayer, nuestra sociedad, mediante los fármacos administrados por un facultativo y la autorización de un juez, se procedió a ejecutar el suicidio deseado por una joven. Víctima de una vida injusta, padecía un Transtorno Límite de la Personalidad, con un 70% de discapacidad reconocida, violada en el centro de menores tutelados donde fue internada tras el divorcio de sus padres y un intento fallido de suicidio. No obstante su discapacidad, peritos y médicos certificaron su plena capacidad para decidir sobre su suicidio. Durante dos años distintos tribunales estudiaron jurídicamente el caso hasta resolver autorizar la muy discutible eutanasia (buena muerte, muerte apacible).
Personalmente estimo más adecuado identificar como ayuda al suicidio el penoso caso de esta joven. De forma que, si tengo razón, la solución adoptada dejaría la puerta abierta a disponer libremente de la propia vida.
En la especie humana, a más de ser cada uno un individuo pleno de derechos, somos al tiempo miembros de una sociedad. El ser humano es social por naturaleza.
Por tanto, la decisión sobre disponer de la vida humana corresponde al individuo, desde luego, pero también a la sociedad. Importa, como en tantos casos, que enfaticemos sobre las obligaciones que ello comporta ya que vivimos en una borrachera de derechos y demasiado ignorantes de los deberes que ello comporta.
Creo inaceptable lo que nuestra sociedad, sus más variadas instituciones, ha aportado a las necesidades de nuestra protagonista. Es absolutamente inconcebible que no hayamos sido capaces de prestar ayuda ante una vida infame al máximo nivel de compromiso, como sí lo hemos hecho asistiéndole para acabar con su vida. Si durante al menos dos años ha sido un proceso público y notorio, ¿qué han hecho nuestras instituciones para auxiliar a uno de nuestros miembros?, ¿dónde estaban los diversos medios de comunicación que tan generosamente ofrecen ahora su atención y espacio al abrupto y definitivo desenlace?, ¿dónde los tutores morales y religiosos que hayan iluminado tan largo espanto y procurado el aliento y consuelo a quien tan necesitada estaba?, ¿prestamos las ayudas necesarias a lo largo de tan penoso proceso de sufrimiento que, al menos, nos permitiera la paz de haber hecho todo lo posible para evitar tan indeseable final?
Afrontar el final de una vida terrena no es asunto valadí. Y hacerlo desde la voluntad de una mente desesperada es un fracaso total, para el individuo y también para la sociedad en que vivió. Cada individuo, con su particular sensibilidad puede tener su enfoque, naturalmente. Pero también la sociedad, el grupo social, se ve compelido a definir la cuestión en el marco de la convivencia natural.
Es enormemente complejo y delicado para la sociedad establecer un marco completo de actuación para con sus miembros precisados de la más extrema necesidad de ánimo y socorro. Y es obligado en una sociedad civilizada desarrollar cuantos medios sea capaz que ofrezcan las ayudas (emocionales y materiales) y alternativas en un marco de libertad ética y responsable. Aquí procede señalar que los Cuidados Paliativos en España están a la cola de Europa, con 0,6 equipos por cada 100 mil habitantes, lo que es inaceptable para cualquier sociedad avanzada (la European Association for Palliative Care recomienda 2 equipos por cada 100 mil).
No podemos dejar a las personas sólamente con la solución química mortal simple y eficaz de midazolam (sedante), propofol (anestésico) y rocuronio (bloqueante neuromuscular), que en apenas quince minutos produce la muerte.
Yo me uno a la oración del obispo Munilla y suplico al Señor misericordia para todos. Y lucidez y limpieza de alma para que atendamos con toda la dignidad debida a cuantos se encuentren atenazados por una desesperación insoportable.
CM
27-3-2026




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