LA VEJEZ ES UNA HUMILLACIÓN
Hace años que falleció un buen amigo que ya había perdido su plena vida tiempo antes, desde que murió la que fue su mujer, su compañera durante más de sesenta años. En esa época de su media vida hablábamos a menudo. Siempre comenzaba con la misma frase: “La vejez es una humillación”. Tan sistemática repetición me empujaba a trasladarle ánimos que pudiesen arrancarle de tan penoso sentimiento. Imposible. Es más, el proceso se volvía progresivamente más humillante. Murió harto de penar humillado.
No ha mucho, una caída ha dejado en suspenso las reuniones que semanalmente nos hacía disfrutar unas horas a cuatro amigos alrededor de una merienda, una viva y pretenciosa charla (la de arreglar este mundo, ni más ni menos) y una estimulante partida de Mus. Esas horas se habían convertido para los cuatro en un bastión de esperanza e ilusión renovados semana a semana. La caída aparentemente insignificante ha dado con los huesos de mi pareja de Mus en una residencia geriátrica, con la ilusión de que pueda ser temporal y que permita algún día su regreso a casa, aunque sea algo disminuido, pero en condiciones perfectas para la práctica deportiva que nos venía reuniendo semanalmente.
Los tres restantes hemos ido a visitar al herido a su “flamante” residencia actual. Un edificio grande, espacioso, recepcionista uniformada y de formalidad correcta que se ayudó de un ordenador para localizar a nuestro amigo entre las abundantes salas. Repletas de ancianos, más de ellas que de ellos. Muy escasos residentes trasladándose con el soporte de sus artefactos andadores. Escasos los que en alguna mesa se entretenían con algún juego. Los más, quietos en sus asientos, muchas sillas de ruedas. Casi todos ausentes de los grandes televisores, voceadores ignorados imperturbables. Muchos, muchos ancianos. Sobre todos ellos una densa nube de muda tristeza. Poca conversación, ninguna risa. Presos en espacios de melancolía y desesperanza. Atmósfera carcelaria de la que no parece fácil que los espíritus escapen. No vi caras de dolor, mucho menos de agrado, casi todas más próximas a caretas inexpresivas. Algunas empleadas uniformadas (tanto en vestido, como en raza y en rollizo cuerpo) pasaban de cuando en cuando por las salas en acelerada y superficial vigilancia.
Se emocionó sobremanera nuestro amigo al vernos, incorporándose con evidente dificultad y con los ojos humedeciéndose. Nos contó que dormía bien, la comida era muy aceptable y realizaba rehabilitación que no lograba eliminar los dolores de una pierna. En resúmen, las necesidades biológicas básicas bien cubiertas y un estado físico aceptable, pero imposibilitado de caminar. Íbamos armados con baraja y amarracos (fichas) por si se terciaba jugar. Le cambió notablemente el semblante y disfrutó sinceramente de una corta partida (que nos ganaron).
La interrupción de una de las robustas empleadas so pretexto de tener que montar las mesas para la cena (antes de las siete) fue abrupta, despótica, hasta maleducada y, desde luego, sin el menor atisbo del afecto del que andan evidentemente necesitados los “reclusos”. Nos despedimos de nuestro amigo desazonado por soportar un trato tan vejatorio que, sorprendentemente, en nada pareció perturbar a los numerosos residentes testigos del mismo. Estaban perfectamente “sometidos” a un trato tan ofensivo. Desde luego no pudimos comprobar gestos de ternura hacia el desvalido ni siquiera del respeto exigible a un cliente de un muy caro servicio. ¡Humillación!
Afortunadamente, la hijita de una amiga participó ayer en uno de los coros seleccionados por la Comunidad de Madrid para cantar villancicos navideños en su sede de la Puerta del Sol. En vídeo directo pudimos escuchar unas estupendas interpretaciones y ver alegría radiante en cada uno de los entusiasmados participantes. Con semejante deleite pude medio compensar la profunda tristeza del geriátrico. Ancianos y niños semejaban especies distintas. A los primeros les faltaba vida, estímulo, respeto y cariño. Los segundos, felices, recibieron todo tipo de aplausos, felicitaciones y grandes muestras de afecto por parte de las autoridades y el público asistente. Los niños lo merecen. Los ancianos no lo merecen.
Cada vez que escucho que la ciencia avanza en alargar biológicamente “esta” vida tan poco humana (¡150 años dicen los líderes!), me invade un desasosiego estremecedor, ¡terror!
CM
3-12-2025







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