LA BARRERA HEMATO-ENCEFÁLICA
La Barrera Hemato-Encefálica (BH-E), es un sistema formidable de protección del cerebro de la mayoría de agentes extraños (virus o bacterias). Por ello fracasan muchos tratamientos neurologicos, al no ser capaces de penetrar en el cerebro.
NEUROVAX es la gran esperanza contra el PÁRKINSON, que busca modificar el curso de la enfermedad e incluso prevenirla. Se convertiría en un avance formidable contra cualquier enfermedad neurodegenerativa.
La ALFA-SINUCLEÍNA es una proteína que participa en la liberación de neurotransmisores. En el PÁRKINSON se pliega de forma errónea y se acumula en la sustancia negra, la zona del cerebro encargada de controlar el movimiento, y comienza a deteriorar las neuronas con las consecuentes dificultades de movimiento. Se ha identificado una región específica de la proteína tóxica creando un péptido que la bloquea, aunque su vida media es muy baja, por lo que se buscó un anticuerpo para la misma región con resultados positivos.
Si todo va bien, en cinco años se podrían hacer pruebas con humanos.
(Salvador Ventura, Departamento de Bioquímica Molecular de la Universidad Autónoma de Barcelona).
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Hace tiempo leí un artículo que llamó muy poderosamente mi atención. Científicos de la universidad de Valencia publicaban sus esperanzadores avances por conseguir el objetivo de “abrir” la formidable protección que tenemos en nuestro cerebro. La BH-E es tan potente y eficaz en su función de proteger nuestros cerebros que se comporta como una especie de muralla inexpugnable que impide la entrada de tratamientos beneficiosos ya que no reconocen sus buenas intenciones. El objetivo de la investigación consistía en encontrar o producir una “grieta” en la imponente fortificación. El interesante avance ofrecía muy razonable esperanza de “abrir” la defensa durante un muy corto espacio de tiempo, suficiente para introducir un fármaco o, quizás incluso, para una intervención quirúrgica con la garantía de no dañar la BH-E.
Muchas y enormemente perniciosas son las enfermedades neurológicas (Párkinson y Alzheimer las más extendidas y conocidas) que producen una degradación progresiva del centro de mando de nuestro organismo, del cerebro. Las consecuencias son atrozmente penosas para el enfermo que sufre un implacable proceso de inmovilidad, ansiedad y cambios cognitivos o un deterioro despiadado del raciocinio y las emociones. También son profundamente desalentadoras y dolorosas para su entorno afectivo. En España se estima que los enfermos de Párkinson se sitúan próximos a 300 mil, y los de Alzheimer entorno a 800 mil. También el coste económico es enorme.
Vuelvo aquí a opinar que el deseo prioritario y desenfrenado por prolongar la vida biológica a costa de alargar (empeorando) la calidad de la misma es una estupidez y, lo que es más grave, una ausencia de sensibilidad humana. El objetivo prioritario de la investigación ha de ser sin duda mejorar la calidad de vida hasta el mismo momento de la muerte. En esa calidad no caben, desde luego, ni el Párkinson ni el Alzheimer.
Por otra parte, desde la muerte terrenal nuestras huellas físicas son efímeras aunque no despreciables ya que, por herencia, pasan a pertenecer a otros. Sin embargo tenemos posibilidad de dejar huellas espirituales más duraderas o mucho más duraderas en quienes conseguimos activar sentimientos y emociones que pueden perdurar algún tiempo. Yo creo en mi alma inmortal y, por tanto, me gustaría que gozase de sus huellas en la Tierra. Es una oportunidad de pervivir algo fuera de nuestro propio cuerpo, en el recuerdo, en el corazón de otros a los que amamos sin duda. Ayudaría a que el alma se solazase. No obstante, somos tan estúpidos que propendemos a dedicar más atenciones y tiempo a nuestro cuerpo que a nuestra alma, cuando es ella la que impusó y mantuvo la vida de aquél: “sin ti no soy nada”.
CM
7-12-2025
CM
6-12-2025




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