SÁBADO SANTO
![]() |
| LA PIEDAD, EN LA BASÍLICA DE LA CRUZ DE LOS CAÍDOS |
El cuerpo inánime de Jesucristo fue desprendido de la Cruz antes del ocaso del Viernes por José de Arimatea y otros, lo envolvieron en un lienzo de lino y lo enterraron en una tumba nueva escavada en la roca y cerraron la entrada con una pesada piedra que, después, por orden de Pilatos, fue sellada y custodiada por soldados romanos.
Al tercer día (Domingo), Jesucristo resucitó de entre los muertos.
A falta de otra información canónica se ha especulado sobre el misterio de lo sucedido entre la muerte y la resurrección de Jesucristo. La explicación más extendida declara que descendió al “reino de los muertos” (como sinónimo del “infierno”) hasta la reunión gloriosa de su cuerpo y alma, su resurrección.
El Sábado es momento de soledad, luto, silencio y duelo. Y de meditación.
![]() |
| JOSEPH RATZINGER (BENEDICTO XVI) |
En su artículo, Cristina Ansotena, expone las Meditaciones para el Sábado Santo del teólogo Joseph Ratzinger (luego Papa Benedicto XVI) en su obra “Ser cristiano”.
![]() |
| TUMBA DE JESUCRISTO |
Primera Meditación: el abismo de silencio en que se encuentra el Sábado Santo conduce a decir que “es el día del ocultamiento de Dios”, la Fe aparece como un fanatismo, ningún Dios ha salvado a quien se llamaba su hijo. Es la gélida ausencia de Dios. La falta de Esperanza. Dios ha muerto, y lo hemos asesinado, encerrado en ideologías y costumbres anticuadas. La tiniebla divina habla a nuestras conciencias, porque la muerte de Dios en Jesucristo es, al mismo tiempo, su radical solidaridad con nosotros: el misterio más oscuro de la Fe es también la señal más brillante de una Esperanza sin fronteras, cuando pudieron comprender los discípulos quién era Jesús realmente y lo que significaba verdaderamente su mensaje. Necesitamos las tinieblas de Dios, el silencio de Dios para experimentar el abismo de nuestra nada que se abriría si Él no existiese.
Hay un pasaje evangélico que parece un retrato de nuestra actualidad: Cristo duerme en un bote que está a punto de zozobrar. Los discípulos, desesperados, gritan al Señor que despierte, pero Él, asombrado, les reprocha su escasa Fe. Nosotros, cuando pase la tormenta reconoceremos qué absurda era nuestra falta de Fe. Ahora, sólo podemos sacudir al Dios silencioso y gritarle: ¡despierta!, ¿no ves que nos hundimos?, ¡haz que las tinieblas actuales no sean eternas, envía un rayo de tu Luz Pascual a nuestros días, no nos abandones en la oscuridad, no dejes que tu palabra se diluya en medio de la charlatanería de nuestra época! Sin Ti, pereceríamos.
Segunda Meditación: la impotencia De Dios, a pesar de que es Todopoderoso, constituye la preocupación de nuestro tiempo. Pero ¿qué significado tiene que “Jesús descendió a los infiernos”, a las profundidades de la muerte? La muerte no es la misma desde que Jesús descendió a ella, la penetró y la asumió: el ser humano no es el mismo desde que la naturaleza humana se puso en contacto con el ser de Dios a través de Cristo. Ahora, la muerte es también vida y, cuando atravesamos la fría soledad de las puertas de la muerte encontramos a aquel que es la vida, el que participó de nuestro abandono en la soledad mortal de la Cruz, clamando: “¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Existe un miedo en lo más íntimo de nuestra soledad que no puede superarse por el entendimiento, sino exclusivamente por la presencia de un amante, porque es la tragedia de nuestra soledad última. Cuando nos sumergimos en una soledad en la que resulta imposible escuchar una palabra de cariño, estamos en contacto con el infierno. Hay una puerta que debemos cruzar completamente sólos: la puerta de la muerte, que es la soledad absoluta. Cristo cruzó la puerta de la soledad, “descendió a los infiernos”.
Pero también, en la última noche, en la que no se escucha nada, resuena una palabra que nos llama, se nos tiende una mano que nos acoge y guía. El infierno ha sido superado desde que el amor se introdujo en las regiones de la muerte: el hombre no vive de pan, sino que, en lo más profundo de sí mismo vive de la capacidad de amar y ser amado. Desde que el amor está presente en el ámbito de la muerte, existe la vida en medio de la muerte.
Tercera Meditación: la oración litúrgica del Sábado Santo nos introduce en la realidad de la Pasión del Señor, nos impresiona la profunda paz que respira y, conforme avanza, comienzan a lucir las primeras luces de la mañana de Pascua, la Cruz rodeada de rayos luminosos, señal al tiempo de muerte y de resurrección. En un origen de la devoción a la cruz, los cristianos oraban vueltos hacia oriente, indicando su Esperanza de que Cristo, sol verdadero, aparecería sobre la historia: Fe en la vuelta del Señor. La Cruz es pasado y futuro, Cristo es muerto y resucitado y, también, el que ha de venir.
En el Sábado Santo destaca especialmente la figura de la Virgen María, como modelo de Fe y de Esperanza. Su presencia no se retira cuando todo signo se desvanece. La Madre de Cristo representa en el Sábado Santo el puente entre la muerte y la vida. Es la Madre que nos acompaña en medio del aparente silencio divino.
CM
4-4-2026








No hay comentarios:
Publicar un comentario