AMNISTÍA
Tengo la muy inquietante sensación de que nuestra sociedad va asumiendo en ocasiones cambios que pueden ser sustanciales para la buena convivencia sin que realicemos suficientemente la meditación, la reflexión y el debate sosegado que ameritan muchos de esos cambios.
Algunos se van produciendo de forma imperceptible y lenta conforme van variando las condiciones y costumbres sociales. En pureza todos los cambios que realicemos no deben tener objetivo distinto que mejorar la convivencia, esencia de nuestra naturaleza social.
Las enormes variaciones demográficas, económicas, científicas, tecnológicas y de comunicación propician transformaciones de profundo calado en las sociedades. Ciñéndome a nuestra sociedad española, quienes atesoramos una provecta edad hemos conocido modificaciones formidables a lo largo de nuestras vidas: el transistor llevó información “extramuros” hasta donde no llegaba la electricidad; el tractor, sustituyó en las labores agrícolas a muchísimos trabajadores y acémilas (irracionales); las extensas e intensas campañas de alfabetización mejoraron el lenguaje, y permitieron la escritura y la aritmética a grandes masa de población (esencialmente rural); la ingeniería hidráulica logró canalizar agua corriente a grandes zonas; los viales y transportes crecieron, mejoraron (hasta Puente) y cambiaron notablemente; la Iglesia Católica acometió unas importantes reformas mediante el Vaticano II (liturgia, ecumenismo, apertura a otras religiones se debatieron por más de 2.500 expertos durante años); la Primavera de Praga y el Mayo del 68 de París fueron un gran revulsivo juvenil contra el poder establecido.
Esas fueron, entre otras causas, las que marcaron distintos moldeados de nuestra sociedad a lo largo de los años. En el lapso de mi vida la metamorfosis social ha sido espectacular en una evolución constante, a veces hasta frenética.
La tecnología agrícola vació aldeas y pueblos produciendo el éxodo de millones de emigrantes y el crecimiento de pobladas ciudades satélites alrededor de las grandes ciudades que también tuvieron un crecimiento formidable. En tan pocos años, que no dio lugar a asentarse una nueva cultura a caballo entre la rural y la urbana. Un acelerado desarrollo económico facilitado por las remesas de los emigrantes y la fuerte expansión industrial en potentes polígonos circundando las grandes ciudades, centros de comunicaciones y de consumo creciente, fueron basculando de jornaleros a obreros y de terratenientes a empresarios. Redes de comunicaciones terrestres y aéreas, tecnologías avanzadas en las telecomunicaciones y un turismo explosivo, derribaron murallas de fronteras cercanas y alentaron la globalización, multiplicando el espacio vital.
El cortísimo plazo en que se han producido tan tremendas alteraciones creo que ha impedido en gran medida que la sociedad haya podido disfrutar de una digestión saludable. Creo que sea uno de los principales motivos de esta sensación constante de convulsión y aturdimiento.
La sociedad aturdida, inestable, también manipulada, ha sido carne de cañón para que algunos dirigentes políticos hayan introducido elementos rompedores que han alterado el clásico proceso que hacía que las sociedades evolucionasen y, sólo después, la política reformase las normas para adecuarlas a la nueva realidad. Han actuado a la inversa: regulan primero y estimulan después a la masa sedada para venderle la nueva mercancía con las más potentes técnicas de persuasión, de comercialización del producto. El vendedor por excelencia es el que es capaz de convencerte de que tienes una necesidad inadvertida y te ofrece el remedio para atenderla. Gobernantes expertos en márketing y creación de opinión que no reparan en medios (con recursos públicos) para “seducir” a la sociedad y dictar normas que supuestamente necesita para continuar progresando. A veces, con la conformidad de la Institución que representa al Pueblo, (el Parlamento), convenientemente “domesticada”. Pero, una vez que el gobernante tiene comprobada la debilidad de la sociedad, incluso evita el trámite parlamentario para “imponer” su muy particular interés.
Las necesidades son ilimitadas y los recursos son escasos es un axioma irrefutable que, de por sí, exige regular mediante normas la atención de las aspiraciones. De no hacerlo, el caos conduce a la vida salvaje, la ley del más fuerte. Por otra parte, los anhelos son cambiantes, lo que obliga a que las normas varíen y se adapten a los nuevos afanes. En fin, el exceso y la variación de las necesidades conduce a la adaptación del derecho. En el proceso más natural, el legislador busca cómo adaptar la ley a la nueva situacion en aras de la armonía y seguridad social.
Pero hay gobernantes, convertidos en legisladores, que invierten el normal proceso: alientan o dictan leyes contra las necesidades naturales.
A mi forma de ver, regular por ley como derechos humanos el aborto y la eutanasia contravienen el básico derecho a la vida. Como arriba comenté, el gobernante asigna a la libertad individual la de acabar con la vida de otro o con la propia vida. El gobernante pone en marcha su enorme maquinaria de poder para “vender” a la masa social que son derechos obligados para el ejercicio de la libertad.
Otro caso es el del gobernante que impone su autoridad para exonerar a determinadas personas, liberándolas de cumplir con la ley o asumir la pena correspondiente por vulnerarla. Imposible de justificarlo en este caso en aras de la libertad, recurre a la “normalización institucional, social y política, para la mejora de la convivencia, cohesión social y superación de la tensión política y judicial”: ¡agárreme usted esa mosca por el rabo!
El 1 de octubre de 2017, se celebró el referéndum de independencia convocado por el presidente de la Generalitat catalana, declarado ilegal por el Tribunal Constitucional.
El 27 de octubre de 2017, el Parlamento de Cataluña aprobó la “declaración unilateral de independencia”. Ese mismo día, el Gobierno de España, con el apoyo del partido socialista, aplicando el artículo 155 de la Constitución, intervino parcialmente la autonomía de Cataluña y destituyó al presidente de la Generalitat.
Entre febrero y junio de 2019 se celebró el juicio tras el que el Tribunal Supremo condenó a penas entre 9 y 13 años a los líderes del proceso independentista, por delitos de sedición, malversación de caudales públicos y desobediencia.
El 22 de junio de 2021, fueron indultados por el gobierno socialista de Pedro Sánchez y excarcelados al día siguiente.
El 13 de noviembre de 2023, el partido socialista de Sánchez registró la Ley Orgánica de “AMNISTÍA” en el Congreso de los Diputados que la aprobó con fecha 30 de mayo de 2024 con el apoyo de 178 del total de 350 diputados.
El 26 de junio de 2025 el Tribunal Constitucional declaró la constitucionalidad de la ley.
El 8 de octubre, el Constitucional desestimó el recurso del Tribunal Supremo y ratificó su sentencia.
El jefe del Estado (el Rey Felipe VI), el 3 de octubre de 2017 pronunció un discurso firme contra el llamado “procés catalán”, por deslealtad inadmisible, quebrantar la democracia y dividir a la sociedad, reafirmando la unidad de España y la Constitución, siendo éste el hito más político de su reinado.
El 1 de junio de 2018 el partido socialista promovió en el Congreso un voto de censura contra el presidente del gobierno del partido Popular), proponiendo que fuera sustituído por el secretario general socialista que declaró su intención de establecer un “gobierno de transición” (sin precisar la duración de la misma, desde luego) para luchar contra la corrupción política. La Censura prosperó (180 contra 169; 17 de los 180 pertenecientes a las formaciones catalanas amnistiadas). Así Sánchez se convirtió en presidente del Gobierno de España. Apenas 7 meses después de que el Parlamento de Cataluña declarase la independencia.
En resúmen, el Jefe del Estado, el presidente del Gobierno, el jefe socialista de la oposición, el Tribunal Supremo (reiteradamente), condenaron la declaración de independencia catalana. El nuevo presidente del Gobierno (el mismo anterior jefe socialista de la oposición, experto en cambiar de criterio), el Parlamento y el Tribunal Constitucional, indultaron y amnistiaron a los condenados: el delito no existió (quedó en la amnesia, en el olvido, no hubo tal), ni por tanto delincuentes.
En nuestra sociedad, nada es lo que parece, nadie es quien parece.
El Jefe del Estado: “arbitra y modera el funcionamiento regular de las Instituciones”. No es cierto, “no toca bola”. Sí es un muy digno representante en el extranjero (salvo lapsus en la historia de la colonización americana).
El Parlamento: “representa al pueblo español, ejerce la potestad legislativa, aprueba el presupuesto y controla al gobierno”. No es cierto, representa a los partidos políticos, legisla cuando lo permite el gobierno, no aprueba el presupuesto que no existe, ni controla en modo alguno al gobierno. Cumple realmente la principal función de indignos tratantes de feria entre partidos, con un insufrible pésimo nivel (salvo excepciones) parlamentando, de muy escaso conocimiento y sin valor ninguno en la palabra.
El Tribunal Supremo: “órgano jurisdiccional superior en todos los órdenes”. No es verdad, como se comprueba en la anulación de su sentencia sobre la ley de Amnistía y de otras que no gocen de la aquiescencia del Gobierno.
El Tribunal Constitucional: “máximo intérprete de la Constitución”. No es cierto ya que, de sus doce miembros, seis son elegidos por los partidos políticos del Parlamento, cuatro directamente por el Gobierno y sólo dos por el Poder Judicial, con el único criterio objetivo de quince años de ejercicio jurídico y una indeterminada reconocida competencia.
Motivación para la ley de Amnistía: “para la normalización institucional, social y política, para la mejora de la convivencia, cohesión social y superación de la tensión política y judicial”. Rotundamente falso y mentira; realmente fue el pago a las formaciones políticas condenadas, para obtener su necesario apoyo para ser elegido presidente del Gobierno de España.
Demostrado que el Gobierno domina el mercadeo transaccionando sin sonrojo con partidos enemigos de España (el caso de la ley de Amnistía es paradigmático) a trueque de sostener al presidente Sánchez en el poder. Y Sánchez carece de empacho en ceder cuanto a España y a los españoles corresponde a más de desconocer traba alguna para ejercer el poder.
Su proceder con todos nosotros (y nuestra muda respuesta) demuestra que nada impide que se perpetúe y nos siga sometiendo a su deseo y capricho.
Se ofreció inicialmente como paladín para la lucha contra la corrupción y ha conseguido convertir a su partido y a parte de la sociedad en la corrupción desatada. Declaró no pactar con los comunistas y los metió y los mantiene en su gobierno. A cada oportunidad levanta el puño y vocea la hermandad socialista mientras conchaba con los amigos de los asesinos de sus compañeros. Está empeñado en la división y enfrentamiento entre gobernados por así asegurar mejor su poder. Ha hecho de España su particular propiedad que malversa y maltrata. Y así seguirá siendo hasta que nuestra sociedad no renazca, tome conciencia de lo que es y actúe en consecuencia. O nada.
CM
7-4-2026



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