martes, 31 de marzo de 2026

 El 2759549

Fue nuestro primer número telefónico de conexión alámbrica.


 


Graham Bell registró la patente de su invento en 1876 que, según parece, se tomó inicialmente como una rareza, puesto que las comunicaciones de la época estaban perfectamente cubiertas por el telégrafo.





Hasta 1883 no se hizo en Madrid el primer ensayo de red telefónica que conectaba el Palacio Real con las dependencias ministeriales y otros centros oficiales. Fue un gran éxito, por lo que el Cuerpo de Telégrafos se encargó de implantar el primer servicio de abonados a particulares, disponible en 1885 al formidable precio de 300 pesetas el abono. Pronto mereció el calificativo de “prototipo de los encantos” que permitía “comunicarse con todo Madrid sin salir de casa”.





En marzo de 1886, mil kilómetros de cable tendido entre los tejados de Madrid, comunicaba a 486 abonados a través de una Estación Central atendida por señoritas hasta las 9 de la noche en que eran reemplazadas por operadores de telégrafos masculinos. Un manual explicaba con precisión la forma de utilizar aquellos primeros aparatos, a partir de la escucha y operación “central”.





En 1924 se funda la Compañía Telefónica Nacional de España. Y en 1928 se inicia la expansión del servicio automático.

Mis padres nacieron en 1909 y en 1918. Fue su generación la que conoció el formidable avance de las comunicaciones a través del teléfono.

No tengo recuerdo de que en casa fuera un acontecimiento el servicio telefónico automático, por lo que deduzco, que, a finales de los 40, el servicio automático del teléfono estaba muy extendido en Madrid.





Creo bastante generalizado que todos teníamos memorizados no menos de 15 o 20 números de teléfono de familiares, amigos, vecinos, … El de mis padres fue durante muchos años (niñez y primera juventud), el 2759549. En algún momento se cambió el inicial 2 por el 5 (5759549). Supongo que obedeciendo exigencias técnicas por la generalización del uso y el enorme crecimiento de líneas.

Mi más antigua memoria está ligada al repetido número y al modelo de teléfono negro (sobremesa y también pared en casa de mis abuelos) con un disco numérico (del 1 al 0) para marcar y un a modo de recipiente de cuatro patas arriba donde depositar el módulo auricular-micrófono sobre un soporte que abría o cancelaba la comunicación (pequeñas perforaciones redondas uno y hendiduras paralelas otro). Creo que fabricados en baquelita, plástico duro y resistente (primer polímero sintético que inició la época de los plásticos).





La socialización del servicio de telefónica la tengo asociada al modelo Heraldo, como el automóvil lo tengo al SEAT 600.





Un avance en las comunicaciones telefónicas llegó de la mano de los “teléfonos públicos” alojados en cabinas levantadas en las calles y accionables primeramente con fichas troqueladas (adquiridas en estancos) y después directamente con monedas. El alojamiento de fichas o monedas permitía ver como la ristra de ellas que depositaba el usuario iban cayendo, desapareciendo en la caja recaudadora conforme avanzaba la comunicación, facilitando el anuncio del corte de la misma (en ocasiones estresante, si no disponías de “material” de repuesto; y un medidor muy visual del encarecimiento de los precios).

 




La aparición del “teléfono móvil” (aunque propiamente no se mueve, se transporta) o “celular” o “sin cables” supuso una revolución total en las comunicaciones telefónicas. Mi generación vivió de lleno su inicio y formidable desarrollo. Supuso la movilidad mediante un aparato transportable que, conectado a repetidores vía satélite, permiten una movilidad teóricamente total y mundial.





Comenzó con Martín Cooper que realizó una llamada “inalámbrica” en Nueva York en 1973 con un aparato de 1,1 kilos. El primer modelo comercial fue un Motorola que se vendía en 1983 por 4 mil dólares. La tecnología fue cambiando modelos analógicos pesados por los teléfonos digitales “inteligentes” (smartphones) de los años dos mil (3G) con conexión a Internet que han evolucionado incorporando velocidades y prestaciones apabullantes, no siendo el uso más destacado el puramente telefónico (son agendas, cámaras y álbumes de fotos, música, relojes, medio de pago e identificación, juegos, redes sociales, mapas, informativos, turismo, diccionarios, …, ordenadores minúsculos con una capacidad tremenda).





En cierta medida nos hemos hecho esclavos de los telefonitos. Alcanzar los 12 años sin un smartfhone suele ser una desdicha profunda y una humillación social importante. Yo mismo caí un día en la cuenta de que, realizando algunas gestiones en la calle, me había olvidado el telefonito en casa. Sufrí un primer golpe de angustia que me impelía a regresar a casa suspendiendo mi plan. Después, fui capaz de reflexionar que había sido capaz de sobrevivir y vivir sin teléfono móvil más de treinta o cuarenta años. Y que jamás se paró el mundo por falta de estos aparatitos tan útiles y eficaces.

Prefiero no asomarme al abismo de angustia que hoy día supone la pérdida del teléfono móvil. Porque hemos hecho depender de él en demasía nuestras ajetreadas vidas (claro que pudo tener una reflexión parecida el que iniciaba el uso de la rueda recién inventada, por ejemplo).





En cualquier caso, hoy solo tengo memoria de mi propio número de teléfono. He dejado al teléfono que memorice el resto de mis contactos. ¿Tendrá algo que ver con mi general sensación de pérdida de memoria? Espero que haya servido para mejorar mi libertad o, al menos, para no menguarla.

 

CM

31-3-2026

 

 


sábado, 28 de marzo de 2026

 SEMANA SANTA

 


Mañana, Domingo de Ramos, los católicos iniciamos la denominada Semana Santa, rememoración de la PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO, el Mesías, el Hijo de Dios, de doble naturaleza, divina y humana, Redentor de los seres humanos.





Nos dicen los Evangelios que Jesús, sobre un asno, entró en la ciudad sagrada de Jerusalén y que fue recibido por la masa del pueblo con ramas de palma, poniendo a su paso mantos y ramas: “bienvenido el que viene en nombre del Señor”.

El pueblo judío esperaba (y aún espera) al Rey de Reyes, el Mesías bíblico, unificador y salvador del pueblo judío. Los cristianos identificamos a Jesús con el Mesías anunciado en la Biblia y salvador de toda la humanidad.

El mensaje de Jesucristo es AMOR: “amaos los unos a los otros, como yo os he amado”; “amarás a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo”.





Releyendo la simbología cristiana de la Semana Santa, encontré algo que no sabía o que no recordaba: el Miércoles Santo también se conoce como el Miércoles del Espía, cuando Judas Iscariote negocia con el Sanedrín la entrega de Jesús contra el pago de treinta monedas de plata. También se conoce al Miércoles Santo como Miércoles del Silencio, al no referir los Evangelios ninguna actividad en ese día.

A esta última acepción me acojo para proponerme y proponer la meditación que tanto agradece al silencio. Vivimos tiempos convulsos en que la violencia vence a la paz, el ruido ensordece a la música y el frenesí no deja espacio al sosiego.

 





La PASIÓN hace referencia a los sufrimientos de Jesucristo: traición de Judas, negación de Pedro, oración y aceptación en Getsemaní de su trágico destino, los juicios de Anás, Cayfás, Pilatos y Herodes, la flagelación y corona de espinas, el camino del Calvario (Gólgota) con la Cruz a cuestas y sus caídas, el expolio, y la crucifixión.





La MUERTE en la Cruz tras seis horas crucificado: el sol se oscureció, el velo del templo se rasgó y Jesús clamó: “Padre, en Tus manos encomiendo Mi espíritu”. Y expiró.





En el Oficio del Martes Santo, Tenebrae o Tinieblas, con la única iluminación en el templo de las quince velas de un candelabro (Tenebrario), se van apagando conforme avanzan los salmos, permaneciendo encendida al final sólamente la vela del vértice que representa a la Virgen María por ser la única que creyó en la Resurrección. Finaliza con el ruido de carracas y matracas (strepitus) conque los fieles simulan las convulsiones de la Naturaleza por la muerte de Jesucristo.





La RESURRECCIÓN: Jesús Resucitó de entre los muertos al tercer día de ser enterrado, reunificando alma y cuerpo en estado glorioso e inmortal, venciendo al pecado y a la muerte y ofreciendo la esperanza de una Vida Eterna. Es la garantía de que todos los muertos serán resucitados en la segunda venida de Cristo. Ascendió al Cielo, junto a Dios Padre.

 

CM

28-3-2026

    


viernes, 27 de marzo de 2026

 AL FINAL, ROCURONIO

 





Ayer, nuestra sociedad, mediante los fármacos administrados por un facultativo y la autorización de un juez, se procedió a ejecutar el suicidio deseado por una joven. Víctima de una vida injusta, padecía un Transtorno Límite de la Personalidad, con un 70% de discapacidad reconocida, violada en el centro de menores tutelados donde fue internada tras el divorcio de sus padres y un intento fallido de suicidio. No obstante su discapacidad, peritos y médicos certificaron su plena capacidad para decidir sobre su suicidio. Durante dos años distintos tribunales estudiaron jurídicamente el caso hasta resolver autorizar la muy discutible eutanasia (buena muerte, muerte apacible).

Personalmente estimo más adecuado identificar como ayuda al suicidio el penoso caso de esta joven. De forma que, si tengo razón, la solución adoptada dejaría la puerta abierta a disponer libremente de la propia vida.

En la especie humana, a más de ser cada uno un individuo pleno de derechos, somos al tiempo miembros de una sociedad. El ser humano es social por naturaleza.

Por tanto, la decisión sobre disponer de la vida humana corresponde al individuo, desde luego, pero también a la sociedad. Importa, como en tantos casos, que enfaticemos sobre las obligaciones que ello comporta ya que vivimos en una borrachera de derechos y demasiado ignorantes de los deberes que ello comporta.






Creo inaceptable lo que nuestra sociedad, sus más variadas instituciones, ha aportado a las necesidades de nuestra protagonista. Es absolutamente inconcebible que no hayamos sido capaces de prestar ayuda ante una vida infame al máximo nivel de compromiso, como sí lo hemos hecho asistiéndole para acabar con su vida. Si durante al menos dos años ha sido un proceso público y notorio, ¿qué han hecho nuestras instituciones para auxiliar a uno de nuestros miembros?, ¿dónde estaban los diversos medios de comunicación que tan generosamente ofrecen ahora su atención y espacio al abrupto y definitivo desenlace?, ¿dónde los tutores morales y religiosos que hayan iluminado tan largo espanto y procurado el aliento y consuelo a quien tan necesitada estaba?, ¿prestamos las ayudas necesarias a lo largo de tan penoso proceso de sufrimiento que, al menos, nos permitiera la paz de haber hecho todo lo posible para evitar tan indeseable final?





Afrontar el final de una vida terrena no es asunto valadí. Y hacerlo desde la voluntad de una mente desesperada es un fracaso total, para el individuo y también para la sociedad en que vivió. Cada individuo, con su particular sensibilidad puede tener su enfoque, naturalmente. Pero también la sociedad, el grupo social, se ve compelido a definir la cuestión en el marco de la convivencia natural.

Es enormemente complejo y delicado para la sociedad establecer un marco completo de actuación para con sus miembros precisados de la más extrema necesidad de ánimo y socorro. Y es obligado en una sociedad civilizada desarrollar cuantos medios sea capaz que ofrezcan las ayudas (emocionales y materiales) y alternativas en un marco de libertad ética y responsable. Aquí procede señalar que los Cuidados Paliativos en España están a la cola de Europa, con 0,6 equipos por cada 100 mil habitantes, lo que es inaceptable para cualquier sociedad avanzada (la European Association for Palliative Care recomienda 2 equipos por cada 100 mil).

 

No podemos dejar a las personas sólamente con la solución química mortal simple y eficaz de midazolam (sedante), propofol (anestésico) y rocuronio (bloqueante neuromuscular), que en apenas quince minutos produce la muerte.

 




Yo me uno a la oración del obispo Munilla y suplico al Señor misericordia para todos. Y lucidez y limpieza de alma para que atendamos con toda la dignidad debida a cuantos se encuentren atenazados por una desesperación insoportable.

 

CM

27-3-2026