lunes, 4 de mayo de 2026

 MENGUAR

 





Me trasladaba a una reunión cuando uno de mis folios voló al suelo. Instintivamente me agaché de inmediato para recogerlo. Fue la primera vez en toda mi vida que fui consciente de que requería un esfuerzo (entonces mínimo) tal movimiento. Para mí fue como el disparo de salida a una carrera que me ha permitido ir conociendo el crecimiento y dificultad del gesto, a más de ser hoy previamente muy meditado. Y la sensación de que el suelo se aleja y mi brazo se acorta cada día.


Por desgracia suelen pasar meses hasta que volvemos a ver a los hijos y nietos que viven en Asturias. Así que los cambios que apreciamos en los nietos son, cuanto menos, llamativos. Hará más o menos un año cuando quedamos estupefactos por el “estirón” que habían dado: la mayor, hasta mi estatura, y el menor:

“Abu, ya te llego por encima de tu hombro”

“¡Caramba, tienes razón, entre lo que tú has crecido y lo que yo he bajado, ¡cómo se ha acortado la diferencia!”

“¿Cómo que tú has bajado?”

“Sí cielo, lo llevo haciendo desde hace años, poco a poco, pero sin parar. El cuerpo de los viejos va perdiendo estatura porque las vértebras se van juntando y la columna se va curvando”.

“¡Pues qué faena Abu!”

 




Sí, envejecer es una faena inexorable, pero durante muchísimos años inconsciente. Es nuestra naturaleza mortal; nuestro cuerpo tiene fecha de caducidad (ilegible, gracias a Dios).

 




Para mí, un principio básico de vida sana es la adaptabilidad. De forma que, a menor grado de adaptación, mayor dosis de amargura. Por lo que, por el interesantísimo objetivo de ser felices, hemos de hacer nuestros mejores esfuerzos para adaptarnos. A las nuevas comidas, a las nuevas costumbres, a los nuevos imprevistos, al quebranto de salud, … ¡y, por descontado, al envejecimiento!

 




Si conseguimos añadirle el propósito de buscar en cada nueva circunstancia algo positivo, mejor que mejor.

Al envejecimiento no es nada fácil encontrarle el lado positivo. Y sí muy fácil y deprimente centrarse en lo que nos hubiera gustado hacer y ya no es realizable, lo que conduce inevitablemente a la melancolía, a la frustración y a la amargura, sin modificar en absoluto el avance hacia lo irremediable. Pero lo que sí tiene remedio es luchar contra un sentimiento pesimista para que nos deje en paz durante nuestro avance.





Creo que quizás la herramienta más eficaz sea tener la fe que nos asegure una nueva vida para nuestra alma, una vez que abandone nuestro marchito cuerpo. Por fortuna yo creo en otra vida espiritual posterior que dé sentido total a esta vida terrena.

Es posible que para disfrutar de la fé a que me refiero hayamos de tener algún tipo de predisposición. Pero, sea como sea, hay que cultivarla. Parece una evidencia generalmente compartida que debemos atender y cuidar nuestro cuerpo pues, en buena medida, nos va en ello el bienestar. Pues aún más evidente debería ser la necesidad de atender y cuidar con esmero nuestro espíritu, de cuya buena salud depende aún más nuestro bienestar.

Como seres sociales que somos, irradiamos necesariamente en los demás nuestra dicha o nuestra amargura. Contundentemente en los más próximos: padres, cónyuges, hijos, hermanos, amigos, compañeros, vecinos y paisanos.

 




Vivimos en un ambiente global hostil, de malestar bastante generalizado. Y no creo que, en nuestra sociedad, se deba a un maltrato al cuerpo. Incluso puede que se exagere su cuidado hasta la veneración al ídolo. Si fuera así, la conclusión no ha ser otra que se descuida nuestro espíritu, incluso se le maltrata, o se le ignora. Y puede que la clave esté en el amor. Porque quien no se ama justa y dignamente a sí mismo, apuesto a que se encuentra imposibilitado de amar a los demás.

Si el amor es concordia, creo muy cierto que nos sobran líderes sociales que pregonan (e imponen) la discordia, el desamor. Parece que, trágicamente, tienen éxito. De tales líderes habrá que prescindir con diligencia, pero antes, no dejarse arrastrar por sus trampas para engullirnos en el pozo del enfrentamiento, del odio y de la perversión constante. Una sociedad que no se cobije bajo el paraguas del amor está condenada a ahogarse.

 




Mi pregón hoy es el amor, también al distinto, también a quien discrepa, pero naturalmente primando al más próximo. También a la vida. También a la vejez, la que hace que mengüe nuestro cuerpo, pero no tiene por qué menguar nuestro espíritu.

 

CM

4-5-2026


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